El mundo en 2026
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I. Geopolítica
II. Economía global
III. Tecnología global
IV. Otras tendencias en 2026
En política global, 2025 fue el año en que un orden envejecido terminó de desmoronarse y otro –más cercano a la imposición de la voluntad que a la construcción de consensos– empezó a redactarse desde la Casa Blanca. Donald Trump no solo desafió normas diplomáticas, comerciales y de seguridad ancladas en el andamiaje institucional que emergió tras la Segunda Guerra Mundial: desplazó el peso de los organismos internacionales hacia una lógica abiertamente transaccional, sostenida por aranceles, recortes al financiamiento externo y una expansión del poder ejecutivo tan disruptiva hacia dentro como hacia fuera. En ese estilo, tan cuestionado como rentable en el corto plazo, hubo victorias que se volvieron señales de un manotazo en la mesa de la Oficina Oval: el cese al fuego en Gaza, que abrió una rendija –mínima, pero real– hacia la contención; el intento de frenar la trayectoria nuclear iraní, convertido en una prueba de credibilidad y disuasión; la captura de Nicolás Maduro, que –más allá de sus consecuencias, todavía abiertas– reconfiguró los límites de la intervención en el hemisferio americano; y, sobre todo, el empuje del gasto de defensa europeo, como si el continente hubiera comprendido tarde que la seguridad ya no viene subsidiada por la potencia que garantizaba el paraguas: ahora hay que financiarla, presupuestarla y sostenerla.
Lo decisivo no fue la suma de episodios aislados, sino el denominador común: el desplazamiento de un mundo regido por reglas hacia otro dominado por presión, urgencia y cálculo de poder. En 2026, esa transformación deja de ser una intuición y se convierte en diagnóstico: qué democracias logran contener sus propios impulsos autoritarios, qué regiones quedan expuestas a la intemperie estratégica y qué costo económico implicará convertir la política internacional en una negociación permanente.
Los analistas de política exterior se reparten entre dos relatos: para unos, el mundo ya entró en una nueva guerra fría, con bloques ordenados tras Estados Unidos y China; para otros, se aproxima un reparto más descarnado, una cartografía de “esferas de influencia” –estadounidense, rusa, china– donde cada potencia actúa sin respeto por el orden internacional. Pero 2026 difícilmente se dejará encerrar en cualquiera de esos guiones. Trump no gobierna con grandes arquitecturas estratégicas: prefiere la transacción inmediata, el instinto y el golpe de presión; pactos veloces en lugar de doctrina, fuerza negociadora en lugar de paciencia. Así, el viejo orden basado en reglas no colapsa de un solo golpe: se erosiona, como una orilla que el mar va comiendo centímetro a centímetro. En ese desgaste prosperan soluciones provisionales: alianzas de ocasión, acuerdos parciales que nacen para resolver una urgencia –defensa, comercio, clima– y duran lo que dure su utilidad.
China: China apostará a dos tableros simultáneos: tensión controlada y paciencia estratégica. En lo militar, intensificará la presión sobre Taiwán sin cruzar todavía el umbral que volvería la crisis irreversible; su apuesta es que el costo psicológico y económico –la ansiedad constante, la prima de riesgo, la incertidumbre logística– haga el trabajo que los misiles, los barcos, tanques, drones y tropas terrestres no deben hacer –todavía y por ahora–. En lo económico, Beijing seguirá intentando “exportar” su exceso de manufactura: más volumen, más barato, más agresivo; una salida por inundación que descompone mercados, irrita a socios comerciales y acelera nuevas barreras. Y en inteligencia artificial, su ventaja buscada no será ganarle a Estados Unidos en la carrera por una hipotética superinteligencia (esa la tiene perdida), sino ganar la carrera de la implementación: incrustar sistemas de inteligencia artificial en fábricas, cadenas de suministro, servicios públicos y administración, para traducir tecnología en productividad, control y escala industrial. El cálculo es frío: si el orden basado en reglas se vuelve poroso, el país con mayor capacidad industrial –y costos de producción extraordinariamente bajos– puede convertir la fricción en ventaja, y la reacción ajena en combustible para su propia estrategia.
Rusia: Rusia jugará 2026 como un año de desgaste: avances militares lo bastante constantes para sostener la narrativa de inevitabilidad en Ucrania, y un segundo frente europeo hecho de acciones difíciles de atribuir –desinformación, sabotajes puntuales, presión energética– pensadas para sembrar ansiedad sin detonar una respuesta contundente de la OTAN. Pero, a diferencia de otros años, Moscú llega con menos margen externo y más vulnerabilidad económica: Europa se ha ido desacoplando del gas ruso (la participación de Rusia en las importaciones de gas de la Unión Europea cayó de 48% en el primer trimestre de 2021 a 15% en el tercer trimestre de 2025), lo que erosiona ingresos y palancas de influencia justo cuando el esfuerzo bélico exige más recursos. Además, el tablero de aliados se vuelve más frágil: la operación estadounidense en Venezuela expuso una reacción rusa más retórica que operativa, y un eventual colapso del régimen iraní sería un golpe mayor, porque Irán no es solo un socio simbólico, sino una pieza funcional para rutas, energía y proyección regional; perderlo estrecharía aún más el espacio de maniobra de Moscú.
India: India llegará a 2026 como el gran país bisagra del tablero: demasiado grande para ser satélite, demasiado expuesto para elegir bando sin pagar un precio. Su apuesta más plausible será sostener la “autonomía estratégica” en versión contemporánea, de multialineamiento: cooperar con Estados Unidos en seguridad del Indo-Pacífico, tecnología y cadenas de suministro, sin convertirse en aliado automático; al mismo tiempo, preservar canales con Rusia (energía, defensa) aunque eso detone fricciones comerciales con Washington. A India no le conviene aliarse abiertamente con China ni con Rusia porque son, en el fondo, sus competidores naturales: con Beijing carga una rivalidad geográfica y militar que no se negocia con comunicados, y con Moscú busca mantener utilidad sin caer en dependencia. El resultado será una diplomacia de equilibrio fino: entrar y salir de entendimientos según le convenga, maximizar opciones y evitar compromisos irreversibles, justo cuando el mundo exige definiciones. En 2026, su riesgo no será la falta de ambición, sino que la autonomía termine pareciéndose al aislamiento. Su oportunidad es convertir esa ambigüedad en poder de negociación.
Irán: Irán será el gran punto de bifurcación de Oriente Medio: si el régimen se fractura, es poco probable que el vacío lo llene de inmediato una transición liberal, ordenada o democrática; lo más plausible es una disputa por el control del Estado –sobre todo entre el aparato de seguridad y una oposición fragmentada–, con semanas o meses de incertidumbre que reconfigurarían el tablero regional antes de estabilizarlo. En ese inter, el petróleo se vuelve termómetro y arma: aún sin un cierre formal del Estrecho de Ormuz, bastan interrupciones, sabotajes o un salto del riesgo percibido para encarecer el barril y tensar la inflación global. Para China sería un golpe de primer orden, porque su relación energética con Teherán se volvió estructural y, tras la pérdida práctica de Venezuela como proveedor “amigo”, dependería todavía más de rutas y cargamentos que pasan por un corredor vulnerable. Para Rusia, como ya se ha dicho, la caída de Irán implicaría perder un socio funcional en energía, logística y proyección regional, justo cuando Moscú ya opera con márgenes estrechos. Para Israel y Trump, en cambio, el momento podría sentirse como una alineación de astros: un Irán debilitado reduce la profundidad estratégica de sus redes regionales, y abre la tentación de “cerrar” el expediente nuclear con presión extrema –incluso con golpes militares selectivos–; de ahí que Washington ya coquetee con la idea de respaldar a figuras de la oposición.
Europa: Europa entrará a 2026 con un impulso de rearme que ya es irreversible, empujado por un miedo muy concreto: que Rusia, si no es contenida, reconstruya su capacidad y vuelva a “probar” fronteras –incluidos los países bálticos– con una mezcla de intimidación militar y operaciones híbridas. El problema es que el continente no está plenamente de acuerdo en el cómo: difieren las amenazas percibidas, las doctrinas, las prioridades industriales y hasta la velocidad aceptable del giro, y esa falta de consenso se traduce en compras fragmentadas y sesgo nacional en el gasto de defensa, justo cuando la escala exige coordinación. En ese rompecabezas, Alemania y Polonia serán los ejes: Berlín acelera su modernización con instrumentos extraordinarios –incluido un fondo de 100 mil millones de euros y reglas........
