El laberinto
La sordera le impidió darse cuenta de cuándo habían comenzado a seguirlo. Pudo haber sido después de sortear las piedras bola del arroyo seco, enmedio de los dos puentes, donde según afirman las vecinas los malvivientes acechan a la espera de caminantes despistados. O al desatarse la ventisca que alzó hasta la mitad del cielo esa nube de polvo, hojas secas y basura, obligándolo a toser igual que un tísico. O quizá cuando las primeras oleadas del chubasco opusieron entre su caminar y las luces urbanas un muro tan denso que estuvo tentado a quedarse inmóvil, a punto de ser devorado por el suelo movedizo.
Pero ahora que el chapoteo de la tormenta logra abrirse paso a través de sus tímpanos, Adrián Cano adivina tras de sí un fragor de persecución: pisadas y murmullos que se abren en abanico con el fin de rodearlo. Se detiene, intentando escudriñar el entorno. Ha perdido el rumbo. Las lomas y los cerros se desvanecieron entre el agua y la oscuridad. Las luces de los edificios del centro, que al iniciar su carrera se vislumbraban nítidas frente a él, apenas se perciben a la izquierda. Se ha alejado. En su pecho los jadeos se aceleran cuando vuelve a escuchar los rumores que vienen devorándole el rastro.
Me quieren cortar la huida sus palabras se ahogan en un tamborileo acuático.
Da media vuelta, pero sólo encuentra manchas largas, ondulantes, que bien pueden ser arbustos vencidos por la lluvia. Se le eriza la piel con el canto ronco del viento. A lo lejos, una jauría se enfurece con la noche. Aguza la vista: más manchas y, tras ellas, un apretado velo que apenas pierde densidad con los parpadeantes brillos de una colonia cercana.
No es nadie. Nomás los nervios.
Los goterones restallan en su rostro, la humedad y el frío se le clavan hasta los huesos, sus pies se han hinchado y tiene la sensación de que ya no caben en esos zapatos de cuero entumecido. Con la mano izquierda aparta el agua de sus párpados mientras piensa que si lo quisieran agarrar lo hubieran hecho antes, cuando sus oídos continuaban negados y, envuelto en un silbido permanente, corría por el monte tropezando y levantándose con dificultad. Ahora puede oír y esperaría atento, listo el machete en la diestra para repeler cualquier ataque.
Los hice pedazos murmura al reanudar la marcha.
Los bufidos de su respiración lo confunden. Detecta a su espalda un gorgoreo distinto al de las gotas, y de un salto gira. Con el corazón engarruñado divide la nada de un machetazo. Nadie. Sólo las mismas manchas negras, el siseo del aire entre los arbustos y el golpeteo del chubasco. Adrián barre el entorno con la vista, y se pregunta cuánto lleva caminando.
Fue después de media noche… lanza otro machetazo al aire, esta vez sin fuerza, y con el impulso el canto de la hoja golpea su pantorrilla. Traidores. Cómo me hubiera gustado oírlos suplicarme perdón a gritos…
Nunca había sentido cómo se quiebra la voluntad por dentro, hasta que la certeza de la traición se precipitó sobre él, arrollándolo, arrebatándole a un tiempo orgullo y hombría para dejarlo desnudo, cubierto apenas por los jirones colgantes de la ira. Fue entonces cuando un chirrido semejante al del silbato de un tren bloqueó sus tímpanos: igual que si el vacío se abriera enmedio de la cantina con el fin de cobijarlo, de sustraerlo de las carcajadas que siguieron a los comentarios de Urano:
No, pos si hablamos de puterías no tenemos para cuándo, Adrián.
Los demás bebedores habían dejado sus parloteos minutos antes y escuchaban con atención. Miraban a Adrián con un gesto de curiosidad cuajado de burla; enseguida volteaban hacia Urano como si no pudieran creer que se atreviera a decir lo que todos sabían. Incluso el cantinero había suspendido su ir y venir a través de la penumbra y permanecía cerca de la mesa, concentrado en el sarcasmo con que Urano continuó:
Podemos empezar con tu vieja, que se anda cogiendo con el Ociel.
Adrián clavó la base de la botella de mezcal sobre la mesa. Una nube roja cubrió su campo de visión por unos instantes. A pesar de que mantenía los dientes apretados, sus mandíbulas no cesaban de trepidar. Sabía que los machos de la colonia le envidiaban la juventud de Victoria, su cuerpo flexible, su risa fácil y sus faldas a medio muslo. Sabía también que no le perdonaban que hubiera sido el primero en levantar dos cuartos de ladrillo y un corral para la crianza de animales, ni que tuviera un trabajo estable y bien pagado en una de las fábricas del norte de la ciudad. Se trataba de pura envidia… Y sin embargo ahí estaba Urano, frente a él, sereno, rumiando la más peligrosa de las calumnias sin que ninguno de los otros se atreviera a desmentirlo. Adrián le lanzó una mirada de odio y apretó fuertemente la botella entre los dedos.
No. Tampoco me eches esos ojos, ni te me vayas a alebrestar a mí. No estoy inventando nada. Aquí todos lo saben. ¿O no? No se hagan pendejos…
Una corriente de inquietud se desparramó por entre las mesas, la barra, los rincones oscuros de la cantina. Adrián giró la vista para observar a los hombres en torno suyo como suplicando una palabra, un gesto que quisiera decir no es cierto, compadre, ya, Urano, déjate de mamadas y dile que nomás te lo estás carneando, que es guasa. Mas en esos rostros ebrios, deformados por ángulos siniestros a causa de la luz de los quinqués, encontró únicamente sonrisas de satisfacción, de lástima. El dolor que le hinchaba la piel hasta casi reventársela le impidió responderle a Urano como debía. Cuando pudo ponerse de pie con la botella en la mano, lo único que alcanzó a comprender fueron las palabras finales:
Es más, orita mismo han de estar en tu casa, o en el corral, revolcándose encima de la pastura, dándole gusto al cuerpo. ¿A poco creibas que cuando el Ociel se metía por atrás iba a ordeñar la vaca?
Lleno de ira, aventó la botella a la cara de Urano, pero ya no se dio cuenta de lo demás. Fue como si su propio cráneo reventara igual que un cristal bajo presión: un estruendo agudo se instaló dentro de sus oídos, monótono, interminable, hasta nulificar todos los sonidos. El mezcal levantaba flamas en su sangre y salió cayéndose de la cantina entre los rostros torcidos por el asombro y la risa de quienes hacían un festejo de su desgracia.
Ni una luz alumbraba las calles de la colonia. No había luna. Sólo dentro de algún tejabán parpadeaba el resplandor débil de una vela a punto de extinguirse a causa del viento. Ciego y sordo, Adrián enfiló sus pasos tambaleantes al corazón de la oscuridad, hacia donde el instinto le indicaba que estaba su casa.
Ahora sí son pasos dice entre dientes.
Está seguro. La tormenta decae, aunque el agua aún agita el follaje de los árboles y, de vez en cuando, reúne la fuerza suficiente para doblar algún tronco. El viento ha perdido ímpetu. Adrián voltea atrás con disimulo, sin dejar de andar, y una suerte de sombra encorvada........
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