No todos los antiintelectualismos son iguales
Nombre de usuario o dirección de correo
El ensayo clásico sobre el antiintelectualismo es el de Richard Hofstadter editado a mediados del siglo XX y titulado, precisamente, Anti-intellectualism in American life (1963). Su relevancia es tal que parecería que Hofstadter fue el primero en advertir un fenómeno inédito en la vida contemporánea. La historia y los hechos de los que se ocupa estaban directamente relacionados con el clima político de posguerra y la paranoia del macartismo parecía, en efecto, algo nunca visto. A este libro de Hofstadter le siguió otro también importante en la medida en que consuma la idea del antiprogresismo asociado desde entonces con el antiintelectualismo: The paranoid style in American politics (1965). En ambos títulos, el objeto de análisis es la derecha norteamericana observada en sus distintas facetas, de su presunta y generalizada superficialidad e ignorancia a las patologías sociales y culturales.
El contexto de Hofstadter era la crisis del liberalismo de posguerra acosado por el surgimiento de una nueva forma de conservadurismo en inusitado ascenso. Los títulos que analizaban la crisis se multiplicaron y entre ellos hay varias cumbres del ensayo y la historiografía, por ejemplo, The vital center. The politics of freedom (1949) de Arthur Schlesinger, La imaginación liberal. Ensayos sobre literatura y sociedad (1950) de Lionel Trilling y La tradición liberal en los Estados Unidos. Una interpretación del pensamiento político estadounidense desde la guerra de Independencia(1955) de Louis Hartz. De hecho, el punto de partida de Hartz fue una idea expuesta previamente por Trilling, quien veía en el liberalismo no solo el consenso intelectualmente preponderante, sino la única tradición norteamericana: “y no contribuye a la fortaleza del liberalismo el hecho de que este sea el ocupante único del campo intelectual”. Por su parte, el hallazgo exclusivo de Hartz sería la restitución de un conservadurismo que describió como “the Reactionary Enlightenment”: el primer desafío realmente serio al “americanism” en cuanto sinónimo del liberalismo industrial y del progresismo. Se trataba de un conservadurismo reaccionario antebellum, es decir, de la corriente intelectual y política enraizada en el Sur profundo, precursora de la guerra de Secesión con protagonistas hoy completamente olvidados, como John C. Calhoun, Henry Hughes y George Fitzhugh (el primero en utilizar un concepto hoy en auge profesoral: Sociología para el sur, 1854). De Schlesinger, Hartz suscribiría asimismo la idea de que el conservadurismo (ante todo el reaccionario) solo era una política de la nostalgia. Pero cómo explicar la nostalgia de lo que nunca se tuvo, un pasado feudal en un país que nació como una excepción, primogénito del liberalismo ilustrado. En esta disociación cognitiva se hallaba la raíz del conservadurismo de posguerra, incluido el macartismo –más que una exaltación, una esquizofrenia.
El alegato clínico como interpretación plausible fue una explicación corriente desde entonces, apoyada en la novedad del estudio experimental de Theodor W. Adorno y su equipo de la Universidad de California, Berkeley: La personalidad autoritaria (1950), cuya Escala F (gradación del fascismo) permitía medir con presumible rigor predictivo el grado de fascismo de la personalidad individual y, por extensión, colectiva. Apenas si es necesario subrayar que la vulgarización de la Escala F sancionó la asociación discrecional del fascismo con las diversas formas de antiprogresismo. Un análisis contemporáneo de las reflexiones de Hofstadter fue The radical right (1963), libro colectivo coordinado por Daniel Bell. Los ensayos reunidos por Bell se apoyaban, en términos generales, en el diagnóstico clínico de Adorno. Sin embargo, el de Seymour Martin Lipset, “The sources of the radical right”, incorporaba un elemento que sería definitivo en la institucionalización de la Guerra Fría y la configuración del conservadurismo de posguerra. Cito a Lipset: “Los excomunistas constituyen un grupo importante en el desarrollo de la derecha radical desde la Segunda Guerra Mundial. Algunos de ellos, junto con otros radicales no comunistas, dan un tono e ideología coherentes a la extrema derecha. En esencia, la derecha radical carece de inteligencia. Sus líderes saben muy poco sobre comunismo o asuntos internacionales y, en realidad, tienen un escaso interés en estos temas.” Los excomunistas cumplían la misión histórica de instigar y........
