Una guerra imposible
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Todas las guerras son un problema. Todas las guerras tienen un inicio, algunas veces eufórico, que influye en el espíritu nacional y que durante un tiempo parece justificarlo todo. La emoción, la unidad, la épica, la idea de una causa superior está justificada bajo esa causa u objetivo aparentemente común. Pero normalmente, conforme se empieza a pagar el precio de la guerra en forma de muertos, problemas, dificultades económicas, miedo y pura supervivencia, la guerra se vuelve un lastre que todo gobierno, incluso cuando la termina ganando, acaba pagando.
La guerra de Israel contra Irán, con el respaldo decisivo de Estados Unidos, es una guerra santa. No necesariamente en el sentido teológico más puro para todos sus actores, pero sí en el sentido más profundo y peligroso: el de una guerra alimentada por convicciones absolutas, por agravios históricos, por memorias de humillación y por la imposibilidad moral de aceptar al otro como un adversario con el que simplemente se negocia.
Es una guerra santa para los iraníes, por su condición de república islámica y de gobierno de los ayatolás. Lo es también para Israel porque, después de todos estos años sobreviviendo –cosa que hubiera sido imposible sin el apoyo permanente y perpetuo de Estados Unidos a la consolidación del Estado de Israel–, después de la matanza del 7 de octubre de 2023 a cargo de Hamás, Israel decidió que ya había ocupado demasiado tiempo el lugar de la víctima y que no pondría nunca más los muertos desde la resignación histórica. Ese ataque, perpetrado por Hamás, se convirtió en un punto de quiebre político, militar y psicológico para el Estado israelí.
Más allá del ojo por ojo, más allá de lo que sería una respuesta ponderada, es como si de golpe todos los años de antisemitismo, de persecución, de luchas, de amenazas permanentes y de conflictos acumulados hubieran llegado a un punto final. Como si, de repente, la convicción dominante en Israel fuera que esa historia no podía prolongarse más y que el tiempo de la contención había terminado. Esa es la atmósfera moral del conflicto, y sin entenderla no se entiende nada de lo que está pasando.
Lo de menos fue la respuesta sobre Gaza y Hamás, no porque carezca de importancia –la tiene y es inmensa–, sino porque eso no fue la gota que derramó el........
