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El neoimperio turco y su obsesión antikurda

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15.02.2026

En la actualidad no existen imperios, tan solo algunos estados autoritarios, nominalmente democráticos y modernos, que aspiran a recuperar el antiguo esplendor de una historia cuya narrativa es reiteradamente manipulada para recabar el apoyo de sus poblaciones. Desde el eslogan de Trump —Make America great again, hacer que América vuelva a ser grande otra vez—, pasando por el de Putin —Rusia nunca se acaba— y el de Erdogan —Una nación, una bandera, una patria, un Estado— hasta el de Irán —Dios es el más grande—, estos lemas simples y simplistas llegan a una parte de la población que se siente alienada por sus problemas de supervivencia y encuentra en el ataque al extranjero la respuesta a los mismos. Obviamente estas frases tienen como único objetivo obtener el mayor número de votos y mantenerlos cautivos con la defensa de una causa, generalmente contra el extranjero y a favor de recuperar territorio, aunque, en realidad, solo sirven para garantizar el acceso al poder y su conservación a personajes ambiciosos y sin escrúpulos.

En el caso de Turquía, ya antes incluso de que Atatürk lograra la conformación del Estado moderno, la ideología ultranacionalista supuso la implementación de una campaña de exterminio a las minorías que buscaban el reconocimiento de su identidad diferenciada y el autogobierno. Comenzando con el genocidio armenio iniciado en 1915 y continuando con el kurdo a lo largo de la década de los veinte del siglo pasado, los sucesivos gobiernos, pese a que se hayan negado a reconocerlo, han construido sobre la limpieza étnica y la homogeneización de la población uno de los pilares sobre los que se asienta el actual Estado turco.

La opresión a los kurdos se extendió a lo largo del siglo XX hasta desembocar en una guerra abierta con el Partido Democrático del Kurdistán o PKK desarrollada a lo largo de décadas. El anuncio, hace un año, de la renuncia a la violencia por parte de Ocalan, el líder histórico del PKK, encarcelado desde 1999, dio la impresión de que iniciaba una nueva etapa en la relación entre el gobierno ultranacionalista de Erdogan y una población, cuya cifra reduccionista oficial es de 15 millones frente a la maximalista de 30 millones, sobre un total de 86 millones. Pero el actual apoyo de Turquía a los ataques del Ejército yihadista sirio contra Rojava en el norte del país demuestra su obsesión antikurda más allá de sus propias fronteras. Y eso es lo que pasa con la mala conciencia. Cuando sabes que por mucho que repitas una mentira nunca se convierte en verdad, como la actual configuración geoestratégica de Oriente Próximo, que no se asienta sobre la realidad étnica y territorial. El tiempo es el juez implacable y pese a la aparente mano firme de Erdogan, dada su edad, tarde o temprano tendrá que dejar el poder, por lo que quien le suceda no tendrá fácil seguir controlando el descontento en la región suroriental de Turquía.


© La Voz de Galicia