Centinelas de la sombra
Hay noticias que llegan con el aroma del café recién hecho y el crujir de la prensa de papel trayendo ecos de otros tiempos, un destello de cuando las ciudades tenían pulso humano en sus arterias oscuras. Leo que, en Esplugas de Llobregat, el aire nocturno ha recuperado una silueta que muchos daban por extinguida, sepultada bajo el asfalto del progreso tecnológico y la frialdad de las alarmas conectadas a centrales remotas. Ha vuelto el sereno.
El sereno que me acompañó toda la juventud era asturiano (como casi todos), bajo de talla y fornido de cachopos y pote de berzas. Fue cómplice de las horas que mi locura esconde y me dio horas de conversación sobre lo divino y lo humano. Se llamaba Manolo.
El sereno 2.0 no regresa con el chuzo de madera ni la ristra de llaves del portal colgando del cinto. El siglo XXI no permite anacronismos. Pero la esencia que une la seguridad con la vecindad permanece intacta. El sereno de hoy patrulla con walkie-talkie, silbato (fundamental) y chaleco reflectante, su mirada sigue siendo la misma: la de quien vigila el sueño de los demás.
Recuperar al sereno es una respuesta a la soledad urbana. En una sociedad hiperconectada donde, paradójicamente, nadie sabe quién vive en la puerta de al lado, el sereno emerge como un nexo grupal. Es el hombre —o la mujer— que detecta la fuga de agua antes de que sea inundación, el que acompaña al anciano a comprar una medicina a altas horas de la noche o el que escolta a quienes quieren llegar solas y borrachas a casa.
Su presencia disuade al pequeño vandalismo, pero su mayor valía es lo intangible. El sereno es la oreja que escucha el silencio anómalo y el ojo que percibe una reyerta o una farola fundida. Es, en definitiva, la mirada de la Administración a pie de calle cuando el músculo duerme y la ambición trabaja.
Durante décadas, delegamos la vigilancia nocturna en cámaras de seguridad y sensores de movimiento. Dispositivos eficientes, sin duda, pero desprovistos de alma. La tecnología puede grabar un incidente, pero no puede consolar a un anciano desorientado ni acompañarte hasta casa en una noche mal barajada, con la paciencia del sobrio dispuesto a echarte una mano para llegar al catre.
Hoy, bajo la luz de las farolas de Llobregat, la noche vuelve a tener un nombre propio. Mientras el sereno camina, la ciudad duerme un poco más templada, sabiendo que alguien guarda las llaves del silencio y de tu casa.
En tiempos de inseguridad planetaria, el sereno proporciona una seguridad doméstica, más valiosa que todas las campañas disuasorias y puntos morados.
Y deberían seguir llevando el chuzo, elemento disuasorio que Manolo manejaba como un monje shaolín de Cangas del Narcea.
