La visita
El padre de Gabriel caminaba por el pueblo silbando y no lo hacía por una alegría desbordante ni por demostrar una destreza musical específica. Silbaba para no ir solo. Era su truco casero contra el silencio de las calles vacías y la banda sonora de su sombra, su única compañía.
Cuando Gabriel se enfrenta al silencio de su propia casa, ahora muchos años después, silba. Es -asume- un ritual heredado. Un escudo contra la sensación de desamparo que empieza a filtrarse por cualquier espacio libre que encuentra. Es la compañía de un recuerdo sonoro que espanta lo que no existe.
Él defiende la idea de que nacemos fatalmente solos........
