La política necesita algo de excelencia
Hay algo profundamente inquietante en la evolución de nuestras democracias occidentales. Mientras el mérito, el esfuerzo y la excelencia pierden prestigio social, la mediocridad parece abrirse paso con sorprendente facilidad, especialmente en aquellos ámbitos donde más necesaria resulta la competencia: las instituciones públicas y la política.
Durante décadas se nos enseñó que el estudio, la preparación y el trabajo eran las herramientas que permitían progresar individualmente y contribuir al bienestar colectivo. Quien destacaba por su capacidad o por su dedicación era visto como un ejemplo. La excelencia no se percibía como una amenaza, sino como una referencia. Hoy ocurre con demasiada frecuencia lo contrario.
Vivimos en una sociedad donde sobresalir parece requerir disculpas. El mérito es cuestionado, el éxito se observa con recelo y la excelencia se interpreta a menudo como un privilegio sospechoso. Mientras tanto, la mediocridad se normaliza hasta el punto de que deja de llamar la atención.
Esta transformación cultural tiene consecuencias mucho más profundas de lo que parece. Porque cuando una sociedad deja de premiar a los mejores, inevitablemente........
