El andaluz
La política no sólo da disgustos, también da para instantes lúdicos. Esa Bibiana Aído explicando que un feto es «un ser vivo, pero no un ser humano, porque eso no tiene ninguna base científica». O aquella Leire Pajín definiendo la coincidencia de las legislaturas de Obama y Zapatero como «acontecimiento de trascendencia planetaria». Ahora nos ha propuesto la logorreica María Jesús Montero una «Ley de Lenguas Andaluzas», supongo que para compensar el énfasis de otras autonomías en sus idiomas propios.
Explicaba el gran Fernando Lázaro Carreter, filólogo y director de la Real Academia, que el andaluz es «una rama evolucionada y rica del castellano». Se caracteriza por una capacidad de síntesis extraordinaria y una enorme eficacia para expresar conceptos de forma plástica. Incorpora al habla características propias, diferentes según las zonas, como el seseo, ceceo, aspiración o eliminación de consonantes finales. Ninguno de estos rasgos es un error: son expresiones locales de la única lengua española, que, por ejemplo, tiene rasgos peculiares en Galicia, el País Vasco o Cataluña, donde además hay otras lenguas que enriquecen nuestro patrimonio: el gallego, el catalán y el vasco.
El andaluz no es un idioma ni un dialecto; es castellano culto, tan digno como el de Zamora. Es el castellano que hablaron el más grande pintor español, el sevillano Diego Velázquez; el que seguramente es el mejor músico de nuestro país, el gaditano Manuel de Falla; los hermanos Quintero, de Utrera; los hermanos Machado, de Sevilla; el granadino Federico García Lorca o el onubense Juan Ramón Jiménez. En el Parlamento habló en andaluz, y menudo andaluz, el presidente de la república Nicolás Salmerón, almeriense de Alhama la Seca. El andaluz no necesita una ley de lenguas andaluzas, que no existen, porque existe un único español peninsular y americano.
Si alguien tiene dudas del valor del español andaluz, lo que tiene que hacer es estudiar y leer. Y eso sí: repasar a Salmerón, que jamás diría «situación individual de cada uno», porque la situación individual es siempre de cada uno. Que no piense la señora ministra que nos mueve a hilaridad por ser andaluza. Lo que pasa es que no habla bien, ni en San Sebastián ni en Sevilla. Le hemos escuchado decir «fuerzas y cuerpas» de seguridad del Estado, por mor del lenguaje inclusivo, o «producideras y producideros». Exponerse mucho, como hacen los políticos, entraña errores, claro que sí, y exige humildad. No crea la señora ministra que los andaluces hablan como ella. Ni atribuya a sus vecinos sus fallos. No es el andaluz lo que le sobra, sino su deficiente expresión.
Seguiremos aprendiendo de las vueltas de Lorca, las condensaciones del cante jondo y los discursos de Salmerón. Y líbrenos Dios bendito de una ley de lenguas andaluzas.
