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Las trazas que dejó el papa

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20.06.2026

El papa León XIV. / Kike Rincon

La historia es caprichosa. A veces es redonda, circular. El papa Inocencio III impulsó la Tercera Cruzada donde el ejército de la Cruz, convocado por el obispo de Roma, provocó una matanza en Jerusalén sin distinguir si eran hombres, mujeres, niños, cristianos o infieles. Uno de los jefes dijo que mataran a todos que, luego, Dios se encargaría de apartar a los suyos, los buenos, de los otros. Convocó el Concilio de Letrán, en 1215, en el que se aprobaron normas relativas a los sacramentos, los impedimentos matrimoniales y la veneración de las santas reliquias entre las que hubo una, venerada hasta hace siglo y medio en la catedral de Maguncia, que exhibía, sic, las plumas y dos huevos del Espíritu Santo. Recibió, Inocencio, en su palacio del Vaticano (todavía hoy obispos y arzobispos, sin rubor, residen en mansiones con el mismo nombre), a Francisco de Asís y un grupo de hermanos de la orden. Descendió de del trono de su reino (mi reino no es de este mundo dijo Jesús según los Evangelios) mientras se le caían las joyas, gemas preciosas y crucifico de oro de su jubón de terciopelo rojo. Se entiende el significado de la escena. Un Iglesia poderosa, rica, muy lejos de la pobreza predicada en los Evangelios frente a la de los frailes de Asís, vestidos con ropas andrajosas, exudando sudor de tantos días de camino hasta pedir audiencia con el papa a alguno de los curiales de palacio.

El papa León XIV, jefe del Estado Vaticano desde que el papa Pio XI y el fascista Benito Mussolini firmaron el pacto de Letrán por el que se marcaban y respetaban los lindes de la nación más pequeña del mundo. Luego, el pontífice se derritió en alabanzas al dictador al que llamó «enviado de Dios». Asistió........

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