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Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939-2026): La memoria es un lugar donde todo vuelve a suceder

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11.03.2026

Archivo - L'escriptor peruà Alfredo Bryce Echenique / Europa Press/Contacto/El Comercio - Archivo

La muerte de Alfredo Bryce Echenique en Lima, a los 87 años, nos deja un poco más solos a quienes crecimos leyendo su literatura y, en mi caso, también conversando con él a lo largo de muchos años. Se nos va uno de los grandes narradores de América Latina, un escritor capaz de mezclar ironía, melancolía y ternura con una voz absolutamente inconfundible, esa voz tan suya que sabía reírse del mundo sin dejar nunca de mirarlo con una profunda humanidad.

Mi relación con Alfredo comenzó hace más de medio siglo. De joven me deslumbró Un mundo para Julius. Fue una de las novelas que más me han marcado en la vida. En aquellos años de comienzos de los setenta, Alfredo era profesor en la Université de Vincennes en París, donde estudiaba mi hermana Teresa. A partir de entonces se convirtió en un amigo de la familia y coincidimos en varias ocasiones durante los veranos en Fornells, en la isla de Menorca, donde escribía Tantas veces Pedro: una de las novelas más complejas y literariamente audaces de Alfredo con claros tintes autobiográficos. Yo era todavía muy joven, pero escucharlo hablar era ya una experiencia inolvidable: su elocuencia, su humor, su cultura y esa manera tan suya de convertir cualquier anécdota en una pequeña obra de arte oral. En Alfredo, la conversación era siempre pura literatura e ingenio.

Con el tiempo, nuestras vidas volvieron a cruzarse muchas veces. Alfredo pasaba largas temporadas en Las Palmas de Gran Canaria, donde se alojaba en el Hotel Reina Isabel, propiedad del esposo de una sobrina suya. Yo vivía entonces en un ático de la familia Blanco Roca colindante al hotel, y aquella cercanía propició una amistad cotidiana y entrañable. Durante cuatro o cinco años instauramos una tradición: el último jueves de cada mes salíamos a cenar, a menudo en la Holla Vieja y, luego, a seguir conversando sin prisa en el emblemático Quasquías. Allí, un joven Alexis Ravelo nos atendía y nos servía una interminable sucesión de copas que acompañaban nuestras conversaciones hasta el amanecer.

El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique fallece a los 87 años / LP

Aquellas noches estaban llenas de historias. Alfredo poseía una ironía inagotable, muy limeña y al mismo tiempo universal. Sabía observar la vida con esa mezcla tan suya de ternura, distancia y humor, como si cada episodio cotidiano fuera también materia literaria. Escucharlo era comprender que la literatura no era solo lo que se escribe, sino también una forma de mirar el mundo.

Por aquellos años Alfredo escribía El huerto de mi amada, novela que terminaría obteniendo el Premio Planeta en 2002. Tuvo la generosidad de incluirme en la dedicatoria del libro, un gesto que siempre agradeceré y que conservo como uno de esos pequeños privilegios que la vida regala de vez en cuando.

También recuerdo con especial cariño el 9 de mayo de 2003, cuando Alfredo pronunció una conferencia titulada La familia de Pascual Duarte, una relectura latinoamericana en el Paraninfo de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, durante el acto académico de clausura del Máster en Salud Pública y del Máster en Nutrición que yo dirigía. El acto estuvo presidido por el Rector Manuel Lobo Cabrera y contó con la presencia del entonces presidente del Gobierno de Canarias, Román Rodríguez, así como de la Dra. María Neira, presidenta de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y directora general de Salud Pública de la Organización Mundial de la Salud. Alfredo habló aquella tarde con la misma brillantez con la que escribía: con inteligencia, con humor y con esa mirada latinoamericana capaz de releer la literatura española desde otro horizonte cultural.

El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique en una fotografía de archivo. / EFE/TAREQ

La última vez que lo vi fue hace años en Lima, en un rincón del bar inglés del Country Club Lima Hotel, uno de esos lugares donde Alfredo parecía sentirse protegido del ruido del mundo exterior. Sus conversaciones seguían siendo lo que siempre habían sido: una fuente inagotable de cultura, memoria, ironía y humanidad. Y un cariño infinito.

Hace tiempo que lo echaba de menos. Ahora más que nunca, porque el reencuentro tendrá que esperar. Este mismo domingo tenía previsto viajar a Lima para la cumbre de rectores España–Perú, pero tuve que cancelar el viaje por motivos personales. Quizá habría podido despedirme de él. Quizá no.

Me quedarán siempre sus libros. Volveré sin duda a leer Un mundo para Julius. Y me quedarán también los recuerdos de tantas conversaciones iluminadas por la amistad, por la inteligencia y por los tragos que acompañaron tantas noches compartidas durante estos cincuenta años.

Porque, al final, como escribió el propio Bryce:

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