Buscando una iluminación
Buscando una iluminación / Vostok1
En Claros del bosque (1977), María Zambrano utiliza justo esa metáfora, la de los claros en un bosque, para hablar sobre la revelación de la verdad, una verdad atrapada repentinamente a través de un conocimiento poético que llega cuando llega y no podemos forzarnos a encontrar. La vida es el bosque, un espacio confuso, oscuro, que nos lleva a ansiar la claridad, y la claridad no se fuerza, aparece si seguimos caminando, y nuestra visión clara, o nuestro ir entendiendo el bosque poco a poco a través de lo que sus claros nos permiten entender, se va formando de manera pasiva, no activa. La claridad es un regalo y se regala cuando quiere regalarse. O más bien, nuestra mente funciona un poco así: acumula y acumula sin darse cuenta y de pronto algún estímulo provoca que toda esa acumulación se agite, que cuente cosas, que nos haga comprender. Pensamos todo el rato sin darnos ni cuenta, y de pronto nos damos cuenta.
Y quizá, porque pensamos todo el rato, sí que ansiamos las iluminaciones. Hacemos justo lo que María Zambrano plantea que no debemos hacer: vivir con el ansia del claro que llegue y nos salve de todo en lugar de vivir y tirar palante entendiendo que los claros llegarán o no llegarán. O tal vez pervertimos este sentido precioso y poético con una búsqueda de iluminaciones que tienen más que ver con nuestro propio ego que con un conocimiento de la propia vida, del propio bosque. O tal vez solo somos muy vulnerables y las vulnerabilidades que nos crean los tiempos en los que vivimos nos ahogan con muchísima fuerza y no nos queda otro remedio, si nos dejamos llevar, si no entendemos de dónde viene este picor en la garganta, que nadar con estas brazadas y no con otras. Pienso en mí, botada en el sofá de mi casa, viendo reels. O shorts. O tiktoks. O lo que sea, la cosa es que pienso en mí arrojándome encima este formato corto aleatorio que parece haber sido creado y puesto en nuestras manos por una divinidad dispuesta a cambiarnos la química del cerebro. Pienso en mí ansiosa, perdida, bosque tan tupido que no me veo ni el marco de las gafas, y baja baja la pantalla y desliza y desliza el dedo aguantando la respiración cuando parece que eso que ha salido ahora puede ser lo que me salve y lo que yo necesito y lo que yo busco y ¿para qué?
Hay gente que hace negocio en redes sociales utilizando «nichos de mercado» horribles. Dirigiendo sus contenidos a personas que están atravesando un duelo. A personas que están deprimidas. A personas que sufren de ansiedad por la salud. A personas precarizadas. Etc., etc., etc.,: es como la teoría esa de «todo lo que se te ocurra tiene una versión porno en internet», pues algo como «todo lo que se te ocurra que puede pasarle a alguien tiene una versión estafa en Instagram», y el algoritmo se frota las manos aprendiendo lo que te sucede y colocándote esos ganchos en tu jala eternamente de esta soga para que se vayan deslizando claros y claros y claros y claros hasta que te marees. O hasta que uno lo des por válido: esto, esto es lo que me va a transformar en una versión mía que no llore nunca y que no tenga que pasar nunca jamás por nada desagradable y que sea brillante y espectacular.
Por supuesto, este caso de la gente que vende cursitos o informaciones que quieren ser tu claro definitivo es quizá lo más extremo. Pero sí que es así la lógica del «crecer en redes». Un aprovechar los puntos blanditos para que este contenido que se genera apele lo máximo posible a las emociones de los cuerpos contra los que choque y se haga viral. Sin embargo, no quiero hablar tanto sobre el generar: quiero hablar más sobre el consumir. ¿Se reconoce alguien más en esa figura que absorbe información sobre cómo estar mejor, ser mejor, sentir mejor, comer mejor, moverse mejor, ser mejor amiga, ser más políticamente responsable, ser más guapa? ¿Qué es lo que nos provoca que, uno, aspiremos tanto a que alguien nos dé una clave que nos arranque todo lo que no nos gusta de nosotras y nuestras vidas, y, dos, odiemos tanto lo que no es perfecto? El bosque está tan oscuro que necesitamos instrucciones urgentes para movernos por él, y saber cuántos gramos de proteína tenemos que comer al día y qué orden es mejor para el skincare nos hace sentir que nos las han dado. Al terminar el día de rutina esa de TikTok, estás relajada, satisfecha, protegida. Y da igual que a tu alrededor todo tiemble y que estés consolándote metiéndote más y más en el sistema que hace que el mundo tiemble. Da igual que el parche sea el pus. Da igual todo: tú vas bien.
