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Activismo de sofá

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Fernando Tejero en 'Lo de Évole' / Atresmedia

12 de abril de 2026. Tras 16 años de mandato, Viktor Orban perdió las elecciones en Hungría. Se ponía fin así a su ideario ultraconservador, populista, antieuropeísta y cercano a Rusia. “La piedra en el zapato de la Unión Europea”, lo describían algunos. Otros lo bautizaban como “el principio del fin” de la ultraderecha porque, tal vez, y solo tal vez, miles de personas en el mundo hayan abierto los ojos ante los caprichos de Trump. Y es que el agua moja, no es una broma.

Esa misma noche en la que Péter Magyar, el abogado cristiano de 45 años, acabó con el mandato de Orban, La Sexta emitía un nuevo programa de Jordi Évole cuyo protagonista era el actor Fernando Tejero, quien alcanzó la fama a nivel nacional en los 2000 por interpretar a Emilio, el portero de ‘Aquí no hay quien viva’. En esa charla con el periodista catalán, Tejero lamentó que en la actualidad haya menos posicionamiento político dentro del mundo de la cultura y lo achacó, en parte, al miedo. “A mí me da la sensación de que ahora no hay tanto posicionamiento político por parte del mundo de la cultura. Hay miedo. Yo tengo miedo”, confesó. Aun así, recordó que siempre ha mostrado su apoyo a la izquierda: “Yo a veces le he dado mi apoyo a Podemos, al PSOE y, hasta ahora, a la izquierda, y lo seguiré haciendo si puedo”.

Fernando Tejero: "Me da la sensación de que ahora no hay tanto posicionamiento político por parte del mundo de la cultura. Hay miedo"

El actor advirtió de que ese temor también tiene que ver con las posibles consecuencias laborales de mostrarse políticamente. “Yo a veces hago teatro y me contrata el Ayuntamiento. Y si nos gobiernan estos días algunos señores, pues igual no trabajo más”, afirmó, antes de recordar unas palabras de Iván Espinosa de los Monteros sobre las subvenciones al sector. Pese a ello, defendió que no piensa callarse: “La alternativa, sin ninguna duda, es la lucha. La lucha y seguir luchando hasta que me muera. Yo pienso hacerlo”.

Miedo a alzar la voz. A las represalias. A que jueguen con el sueldo que llega a casa y el sustento de cada cual. Por mostrarse libre. Por anhelar una sociedad diversa e inclusiva de verdad. A Fernando le pasa lo que a ese rojo que cena con la familia y esta es incapaz de callar sus opiniones más conservadoras. Porque, si no las dicen, revientan. Porque, mientras unos vomitan sus reflexiones, los otros observan. Ese es el mundo que perciben estos ojos, oyen estas orejas y padece esta cabeza. Ese mismo temor parece que es compartido. Mientras unos salimos a las calles a manifestarnos por una sociedad feminista, una vivienda digna, la erradicación de la LGTBIfobia o plantamos ante sus ojos que la forma de ver el mundo y relacionarse en el presente no es la misma que la de ayer, la del año pasado y mucho menos la de hace 20 años, otros se conforman con poner un story en Instagram. Practican el famoso activismo de sofá. Ese que nunca consiguió nada.

En 2026, hay un 81,4% de usuarios españoles en redes sociales. Usuarios, que no personas. Es decir, alguien puede tener cinco cuentas distintas y entrar en ese cómputo. A eso le sumamos que el alcance de los stories de un influencer ronda el 20% de sus seguidores; ergo, poner un post con la fecha de la manifestación ayuda, pero sirve de poco.

¿Los cambios sociales se consiguen con el denominado activismo de sofá?

Entre los ejemplos de huelgas que se celebraron en la calle y sí lograron cambios concretos en España destacan La Canadiense, en Barcelona, en 1919, que quedó vinculada a la aprobación de la jornada máxima de ocho horas diarias o 48 semanales; la huelga general del 20-J de 2002 contra el llamado “decretazo” del Gobierno de Aznar, que forzó una rectificación parcial de la reforma y permitió introducir modificaciones pactadas con los sindicatos, entre ellas, la restitución del pago íntegro de los salarios de tramitación en determinados casos; y, ya en Canarias, la huelga del sector turístico en Santa Cruz de Tenerife en 2025, cuya presión en plena Semana Santa y la amenaza de nuevos paros desembocaron en un acuerdo con una subida salarial acumulada del 13,5% hasta 2028, además de cláusulas para proteger el poder adquisitivo de los trabajadores. Aunque los efectos de esta última realmente se verán a largo plazo.

Con los datos sobre la mesa, a los Fernandos y Fernandas como Tejero les agradezco que, a pesar del miedo y las represalias, no dejen de alzar la voz. A las personas influyentes que se quedan en casa cuando más se las necesita, les pediría que usaran su privilegio en su propio beneficio y en el de todas aquellas personas que las siguen y, en cierto modo, las sustentan. Porque en el sofá se está calentito, pero la lucha está en la calle.

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Ser activista no es una obligación, pero seguro que todos anhelamos esa casa en propiedad que no podemos alcanzar. ¿Cómo la vamos a conseguir, si no? ¿Practicando ese activismo de sofá o alzando la voz en la calle?

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