Estarse quieto y esperar, por Norberto José Olivar
En 2011 casi abordo un globo aerostático en Marne-la-Vallée, Francia, a 32 kilómetros al este del centro de París. El aeronauta, o piloto a cargo, me animó a subir, aseguró un viaje placentero, seguro e inolvidable. Pero tuve miedo. No creo que pueda pensar nada a nueve mil pies; a esa altura nadie es ateo. Lo que significa que el miedo no deja respirar. Tan arriba y a la intemperie, mirar abajo causa vértigo. Sin embargo, la realidad se hace tan distinta que apenas si podemos creerla. Me viene a la mente el relato de Steven Millhauser, “Vuelo en globo, 1870”, donde, desde los altos cielos y aferrado a una cesta, dice ver un mundo que ya no reconoce, que a cierta elevación los hombres y las “fronteras soberanas” son invisibles: “Pienso en la vastedad de la naturaleza y en la pequeñez del hombre, pero mi pensamiento es inexacto, no atina a expresar la sensación que se agita........
