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Insultos y doble racero en la política

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22.03.2026

En buena parte, la política en Colombia se ejerce con menoscabo de la ética y de los principios democráticos. A muchos de sus actores los tiene sin cuidado incurrir en actos de degradación y se enredan en los entramados de la corrupción, aunque eso les cueste su propia libertad o les dañe su imagen.

El interés es disponer de recursos con que ejercer los privilegios del poder. El enriquecimiento ilícito colma su codicia y los irriga con el regocijo deleznable. Lo justifican con la indiferencia porque la impunidad les permite ese desvío. También la ligereza de los ciudadanos cuando venden su voto bajo  la presión del fraude. 

Otro desvío de la política es la falta de principios coherentes. Los partidos en los que se alinean los dirigentes presentan propuestas generalizadas y frágiles, lo que explica que no aborden los problemas de la nación con soluciones sostenibles y se queden en el inmediatismo.

Es recurrente apostarle a más de lo mismo, como se aprecia en los sectores comunitarios. Por eso se han acumulado tantas situaciones cruciales que agobian a la mayoría de los colombianos. Son las necesidades insatisfechas de la cotidianidad nacional.

A las prácticas viciadas de la política colombiana se suma la manía del insulto. No es la exposición con argumentos que le dé validez a lo que se dice, sino la estigmatización del contendor, el agravio, la bomba del odio por los resentimientos consentidos.

Esa estrategia es común entre algunos congresistas que desdicen de su investidura y les restan a las corporaciones legislativas su función democrática y la solvencia que deben tener como instituciones encargadas de velar por el bienestar común.

Miguel Polo Polo y Lina María Garrido Martín convirtieron sus curules en la Cámara de Representantes en espacios para la agresión. Encarnaron ese protagonismo hasta el nivel de la mayor vileza, pero no fueron premiados porque terminaron en el mosaico de quienes quedaron atrapados en la derrota de las elecciones de marzo. No son ellos solamente. Hay más victimarios de esa condición.

Otra conducta censurable es la del doble rasero de dirigentes que se autoproclaman salvadores de Colombia. En ese nido está el candidato a la Presidencia, Abelardo de la Espriella. En su protagonismo público ha asumido posturas contradictorias que, además, debe considerar normales.

El candidato presidencial, poco después de confesarse ateo, dio el salto a creyente y surtió su discurso de esas convicciones. Como ateo, había expresado que nada que no tuviera sustento de la razón hacía parte de sus ideas y, cuando le preguntaron por su matrimonio católico, respondió que, por el amor, se cae en equivocaciones.

Y otra perla. Después de declararse enemigo acérrimo de la izquierda, a la cual “destriparía”, se mostró como el protector de todos los colombianos.

También se retractó de su tolerancia hacia la unión de parejas del mismo sexo. Entonces condenó a los niños que pudieran estar en esa situación. Y lo dijo con vehemencia.

Todas esas conductas negativas deben ser tomadas en cuenta por los colombianos para que no se dejen atraer por la demagogia de los embaucadores.

PuntadaNo se deben subestimar los recursos que el gobierno nacional destina al Catatumbo y, en especial, a la educación. Hay que apoyarlos desde la perspectiva de su correcta aplicación.

ciceronflorezm@gmail.com

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