¿Qué carajo he hecho yo?
Graves daños en un edificio en el barrio Mazraa de Beirut, Líbano / Europa Press/Contacto/Nicolas Cleuet
Página en blanco. ¿Qué escribir, qué contar? Podría hablar de ese personaje que se postula para el Premio Nobel de la Paz mientras el mundo arde a su alrededor. O de quienes invaden, censuran o destruyen, convencidos de que el silencio o el miedo de los demás les otorga permiso. Pero hoy la pregunta es otra. Más incómoda: "¿Qué carajo he hecho yo?". Porque mientras en una parte del planeta se bombardean pueblos y ciudades y en otros lugares se encarcela a quien habla, aquí seguimos mirando el reloj, esperando que termine la función. O muchísimo peor: algunas personas disfrutan con comentarios frívolos, aplauden a quienes fomentan y mantienen el fuego, escriben tuits para salir del paso o incluso se atreven a ser graciosillas con la detención de un militar español, bajo la protección de la ONU, en el sur del Líbano, como si fuera una acción similar a una retención de tráfico.
La pregunta, sin embargo, también me interpela a mí: ¿qué coños he hecho yo, si es que he hecho algo, para que esta locura finalice de una puñetera vez? Porque si no he hecho nada, soy cómplice. Y entonces sentiría vergüenza. Mucha.
Hace unos días, en el bar del campus universitario, compartiendo el café con varios compañeros, lo dije bien alto: "Tengo la sensación de ser un espectador de lujo en un teatro que se cae a pedazos, donde a menudo nos limitamos a mirar el reloj esperando que la función termine pronto". Hubo un silencio breve, de esos que incomodan. Hasta que nuestra filósofa de cabecera soltó una frase que todavía escuece: "Si el mundo arde y solo miramos, el humo también mancha nuestras manos". Y el pedagogo, que sabe tanto de teoría como de práctica educativa, remató: "Nos han vendido que ser buena persona es simplemente no hacer daño. Y con eso nos damos por satisfechos".
Ahí está la trampa. La de la indulgencia pasiva: nos colocamos en el lado correcto de la historia simplemente porque no apretamos el gatillo, no invadimos países ni censuramos voces. Como si la ausencia de acción fuera una virtud en sí misma. Como si el silencio no lubricara, suavemente, la maquinaria de los que sí actúan. Y luego está nuestro pequeño alivio contemporáneo: el activismo de bolsillo. Creemos que un comentario en una red social es una acción, cuando a menudo es solo una forma de aliviar nuestra mala conciencia.
Sé que no hay respuestas perfectas ni soluciones heroicas al alcance de cualquiera. Pero sí hay gestos mínimos que marcan la diferencia: no banalizar, no justificar lo injustificable, no mirar hacia otro lado cuando la conversación se vuelve incómoda. Sacar el tema, aunque moleste. En el bar, en la tienda de la esquina, en la peluquería, en las aulas. Porque, visto lo visto, esa "filosofía de bar" es más necesaria de lo que creemos.
El día que miremos la destrucción ajena o la opresión de un pueblo y no sintamos esa quemazón interna, ese leve malestar que nos empuja a preguntarnos qué estamos haciendo —o dejando de hacer—, ese día habremos cruzado una frontera muy peligrosa. Por eso, aunque la pregunta del título resulte molesta e incómoda, tiene que estar presente en nuestras conversaciones. La vergüenza, aunque duela, es una señal de que todavía conservamos la humanidad intacta. Y no es poco.
Desde mi lado del teclado, mi "hacer algo" es no dar una respuesta edulcorada. No fingir que esto va conmigo lo justo. Si usted se indigna conmigo, ya somos dos. Y no es poco. Al menos, esta vez, la página no está en blanco. Ni debería.
Suscríbete para seguir leyendo
