Burka No
Una activista francesa contraria a la prohibición del burka, en una protesta en septiembre de 2011. / IAN LANGSDON / EFE
A principios de semana el Congreso tumbó la proposición de Vox para prohibir en espacios públicos el uso del burka y el niqab. La propuesta, solo apoyada por el PP, fue rechazada por el resto de grupos parlamentarios a pesar de estar la mayoría de ellos de acuerdo en el fondo. De hecho, la diputada socialista Ana Fernández reconoció que el uso del burka parte de lógicas machistas, comprometiéndose a abrir un debate al respecto.
Una vez más, la lógica del «no porque lo dices tú» se ha vuelto a imponer en nuestro hemiciclo evidenciando cómo los egos siguen pesando más que la política misma.
Me parece urgente abordar este tipo de debates para no erosionar nuestra convivencia y que esta acabe convirtiéndose en un silencio incómodo y superficial.
En un mundo cada vez más globalizado, donde las corrientes migratorias se expanden por los diferentes territorios y las fronteras culturales cada vez están menos definidas, el eterno debate entre los que defienden la diversidad cultural y los partidarios de defender a ultranza la cultura propia ha generado un clima de tensión social, a veces, casi insoportable. El tema es complejo y la realidad poliédrica, lo que obliga a huir de análisis reduccionistas.
Desde el origen de los tiempos, el intercambio cultural ha enriquecido a la humanidad y ha impulsado su progreso. Sin embargo, a mi juicio, eso no implica legitimar cualquier cultura o sociedad amparándose en la pluralidad para evitar ese aparente complejo de supremacismo cultural que parecemos arrastrar.
No podemos aceptar culturas ni regímenes que respalden políticas de corte fascista o yihadista, perpetúen el machismo y vulneren los derechos humanos. La diversidad cultural no puede convertirse en una contenedor moral donde todo quepa.
¿Significa esto que existen culturas ‘superiores’ a otras? Tal vez evolucionadas sería el término más preciso pero, en mi opinión, rotundamente sí. No hablamos, claro está, de una ‘superioridad’ inherente e identitaria sino ética y moral, legitimada en función del grado de compromiso que cada cultura mantiene con la defensa de los derechos humanos, de los animales y la protección del medio natural.
Reivindicar la cultura propia no tiene porqué implicar una actitud intolerante. Al contrario, cuestionar determinadas costumbres importadas que entran en conflicto con esos derechos universales e irrenunciables antes comentados resulta legítimo y responsable.
No podemos desandar el camino recorrido y aceptar en nuestra sociedad prácticas machistas, homófobas, racistas que atentan contra los más básicos principios de libertad individual. Creo en la diversidad cultural porque ha sido el motor que ha hecho evolucionar a la humanidad pero esa diversidad ha de respetar, por encima de todo, los principios fundamentales e irrenunciables que sostienen nuestra convivencia y que no son otros que la defensa de los derechos humanos, los animales y la protección del medio natural.
De modo que burka en espacios públicos, por todo lo expuesto anteriormente, en mi opinión, NO.
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