Aprendizaje experiencial en niños: por qué tocar enseña más que explicar
Una experiencia de aprendizaje / Pexels/Vanessa Loring
Hay cosas que podemos explicar durante horas y, sin embargo, un niño puede comprenderlas en cinco minutos cuando tiene la oportunidad de vivirlas.
Un niño puede escuchar que el agua ocupa un espacio, pero lo entiende de otra manera cuando llena un vaso y comprueba que, al introducir un objeto, el nivel sube. Puede aprender qué es una fracción en una ficha, pero probablemente lo recuerde mejor después de repartir una tarta entre seis personas. Puede estudiar qué es una sombra y, al mismo tiempo, pasar una tarde persiguiendo la suya por el parque.
No es casualidad. Aprendemos a partir de lo que hacemos, de lo que observamos y de lo que experimentamos. Y en la infancia esto adquiere todavía más importancia porque cada experiencia no solo aporta información: también genera emociones, despierta curiosidad, construye confianza y nos enseña qué sentimos cuando intentamos resolver algo que todavía no sabemos hacer.
John Dewey defendió hace más de un siglo la importancia de aprender a través de la experiencia y de reflexionar sobre aquello que hemos vivido. Décadas después, David Kolb desarrolló el concepto de aprendizaje experiencial como un proceso en el que la experiencia, la reflexión, la construcción de conceptos y su aplicación se retroalimentan.
Dicho de una manera mucho menos académica: hacemos algo, vemos qué ocurre, pensamos sobre ello, descubrimos relaciones y volvemos a intentarlo.
Y así vamos construyendo conocimiento.
Primero tocamos. Después observamos. Más tarde empezamos a encontrar patrones. Y, poco a poco, esos patrones se convierten en conceptos que podemos utilizar incluso cuando aquello que aprendimos ya no está delante de........
