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Justicia retributiva

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13.03.2026

Desde el tercero tenía la imagen completa, aunque no dejaba de rezumar misterio. Todos los ficus bordeando mi lado del parque con sus raíces aéreas. Y la palmera delgada y esbelta presidiendo el banco circular de escayola al final de la plaza. Lo veía por las mañanas y por las noches, pero cuando bajábamos a jugar muy pocas veces estaba. Se afeitaba al levantarse. Apartaba los periódicos con los que se había protegido y doblaba ceremoniosamente un saco de dormir y otros rebozos. 1987, quizás 88. No podía tener más de ocho años, pero los rituales han formado parte de mi vida desde que me acuerdo. La palangana rosa, el espejo de mano rectangular y la brocha junto a la espuma de afeitar y la navaja. Le observaba con el interés de quien mira a escondidas, salvo que me quedaba a plena vista tras la ventana de mi balcón. Toda la cara enjabonada, deslizaba las manos por la ropa hasta que la tela volvía a obedecer. La brocha, gorda de espuma, cambiándose de mano y, la otra, ocupándose con la cuchilla. A mí me parecía que con cada pasada tronaba la piel rasurada, que todos podían oír ese raspado paciente de las mañanas, que un día me........

© La Opinión de Málaga