Saber estar en el deporte…
Tardé tiempo en darme cuenta, queridos y queridas, de las bondades del deporte. Tanto es así que, en mis años más mozos, despachaba con cierto desdén cualquier propuesta en la línea de hacer más ejercicio. En fin… Por suerte, la ignorancia se cura con conocimiento, y la inexperiencia, con años de banquillo. Con todo, y con un diagnóstico de hipercolesterolemia familiar que me conminaba a una vida más activa, algo en mi interior hizo «clic» hace ya más de treinta años, y de repente pasé a entender todo aquello que no había comprendido de pequeño en relación a lo importante que es el deporte en la vida. Y es que nuestra existencia, cuando se le incorpora el deporte, no es que sea solamente una vida mejor. Es una vida distinta, verdaderamente más gratificante desde todos los puntos de vista.
Hay que matizar sin embargo, amigos y amigas, que tal loa que hago del deporte hay que circunscribirla en su práctica, no en su contemplación. Sí, ya sé que lo saben pero tal acotación no se puede omitir en contextos como este. Y es que creo que todos y todas hemos conocido a algún familiar, amigo o amiga que se confiesa deportista únicamente por su afición a, sentado en el sofá, saltar de las motos al golf, pasando por el tenis o el fútbol, en maratonianas sesiones… de televisión. No, eso no es hacer deporte. Claro que no… Ni ser deportista en manera alguna…
El deporte que mejor sienta, desde mi punto de vista, no es el que se ha convertido ya en espectáculo, trascendiendo a la simple práctica del ejercicio físico. Ese podrá estar bien, y gustarnos más o menos, pero poco tiene que ver a veces con el hecho de picar piedra, semana tras semana en la trinchera, realizando una verdadera actividad deportiva orientada al fomento de la vida saludable, la socialización, la vida en la naturaleza y el fomento de valores ligados al esfuerzo, a la mejora individual y colectiva y al juego limpio. Esto sí que es deporte, en su sentido más amplio de la palabra, que nos hace mejores como individuos y, por un efecto sumatorio, como sociedad.
La rivalidad en el deporte es un ingrediente que puede servir como acicate y motor de mejora, claro, pero siempre que esto no implique renunciar a los otros componentes de la ecuación presente en cualquier práctica deportiva. Si el hecho de ganar o perder se vuelve algo meridianamente definitorio y definitivo, y se prescinde de la magia de participar como el mejor de los beneficios, entonces la práctica del deporte puede llegar a perder su lógica y su carácter beatífico. Se puede entender que cuando se enfrentan grandes equipos de los deportes más multitudinarios la rivalidad sea máxima, ya que en realidad estamos ante un negocio y una industria muy por encima de la práctica deportiva individual y de equipo, con enormes intereses y muchas personas que viven de ello. Pero cuando tal planteamiento se traspone al ámbito del deporte aficionado o, mucho peor, al infantil y juvenil, entonces estamos perdidos. Y es que hay padres que, cuando sus hijos o hijas juegan, no deberían estar presentes en la grada si lo que van a exhibir es aquello que se ve tantas y tantas veces y de lo que, por grosero y chabacano, abominamos… Desde insultos verdaderamente execrables al contrario o a las personas que les corresponde ser árbitros o jueces, hasta comportamientos vergonzosos, pasando por agresiones físicas y otros tipos de maltrato. Todo ello muy grave, y contrario a cualquier idea que convenga transmitirle a la juventud. Y es que se educa más enseñando a saber perder o cediendo en caso de conflicto, que mostrando uno ser el más bravucón de la tarde, no tengan duda…
Les cuento todo esto después de haberme llegado estos días varias crónicas, alguna de ellas vivida en primera persona, sobre lo terriblemente desgarradora y contraproducente que puede ser la violencia ligada al deporte, casi siempre cometida precisamente por quien no es ni se siente deportista. Un ejercicio dañino que, como siempre, tiene la capacidad de borrar en segundos todo un trabajo de décadas con niños, jóvenes y adultos orientado a cultivar una forma de ser, actuar y practicar ejercicio que ponga en el lugar más importante al otro, aunque sea tu rival en la cancha…
¿Qué les parece a ustedes? ¿Han sentido alguna vez cómo cierta forma de estar presente en la práctica deportiva implica comportamientos inoportunos e inexplicables? ¿Creen verdaderamente en el deporte más básico o en los productos de la poderosa industria generada a partir de él? Ya me contarán…
