¡Viva la diversidad!
Hace muchos años, estimados lectores y lectoras, conocí a un cura párroco que siempre sorprendía a los demás con su inclusiva e integradora visión de la espiritualidad. Preguntado en una ocasión sobre la pertinencia o no de las procesiones fuera de las iglesias, él afirmaba que buscaba crear un clima de recogimiento y espiritualidad en el interior del templo donde prestaba sus servicios, pero que era importante no convertir la expresión religiosa en un acto banal, o en algo meramente costumbrista y folklórico, y que además era importante respetar la diversidad. Supongo que de tales fuentes, queridos y queridas, bebí yo. Porque lo cierto es que, de siempre, nunca disfruté del fenómeno que se nos avecina en esta Semana Santa que está aquí ya, con multitud de pasos surcando las calles de nuestras principales ciudades, en medio de un contexto de resurgimiento de tales manifestaciones confesionales. Y esto no quiere decir que yo no sea una persona espiritual en el contexto más amplio de la palabra, ni mucho menos, sino que mi forma de vivir tal relación con la Naturaleza y con los demás no pasa por este tipo de prácticas, que además tienen la particularidad de confundir a veces Estado y religiosidad o, lo que es para mí peor, Defensa y espiritualidad…
No me interpreten mal… No quiero decir con el párrafo anterior que no sea capaz de reconocer el valor patrimonial, artístico o de apego a las tradiciones de esos eventos. Solamente digo que a mí personalmente, en el ejercicio de mi libertad, no me gustan. Eso y que, además, es verdad que muchas veces me puede llegar a parecer chabacano o hasta obsceno el exagerado ejercicio de exposición personal que tales actos representan, con una correlación nula tantas y tantas veces entre lo que se vive realmente en el día a día en materia de valores, prácticas, ideas y creencias y lo que se hace ver a los otros en estas ocasiones... Nada diferente, por otra parte, de la gran brecha que existe también entre lo que se expone en redes sociales y la vida real de cada cual, pero con el agravante de la existencia en este ámbito de un marchamo de presunta espiritualidad que, en muchos casos, no deja de ser ficticia…
Utilizo este ejemplo, queridos amigos y amigas, para abordar el tema de esta columna de hoy, que no trata de otra cosa diferente que de la reivindicación del respeto a la diversidad. Y por eso, habiendo empezado afirmando mi desinterés y poco apego a tales actos, les diré que estoy encantado con su existencia y con el ferviente interés por los mismos de no pocas personas. No porque yo vaya a participar, claro, sino porque creo a pies juntillas en que todo merece respeto, mientras respete a los demás. Por eso me parece fenomenal que exista toda esta panoplia de manifestaciones religiosas, más o menos populares, que son importantes para tal parte de la sociedad, en un ejercicio de fomento de la diversidad y el más escrupuloso respeto a la misma.
Vivimos épocas de enorme polarización, a todos los niveles. Algo que, por cierto, ni es casualidad ni es ajeno a determinados intereses. Y es que hay quien en tal enfrentamiento continuado encuentra réditos, que a la postre terminan por cercenar aún más las posibilidades de entendimiento y de diálogo. Ya saben que apelo muchas veces a los consensos y a la capacidad de unión, mucho más que a la exacerbación del conflicto y a la segmentación de la sociedad. Y esto es así porque necesitamos todas las ideas, desde todos los estamentos ideológicos de la sociedad, para construir un futuro mucho más duradero y solvente, sólido y estable. Y esos son los mimbres con los que, a mi juicio, todos y todas salimos ganando. Con toneladas de respeto, único elemento imprescindible en el cóctel de ingredientes que entre toda la ciudadanía aportemos, y siendo conscientes de lo que nos une y de lo que nos separa pero, a la vez, del inmenso valor de cada cual…
En fin, amigos y amigas, respeto y amor a la diversidad, que hace que uno pueda apuntarse a una cosa y no a otra, pero que sepa ver también el valor de aquella en la que no está. Y disfruten de su particular recogimiento en las procesiones, si ese es su caso, de corazón.
A mí, en cambio, quizá me encuentren contemplando la inmensidad del mar, del cielo o quizá la pequeñez del ser vivo más diminuto, que me emocionará y me conectará con el conjunto al que usted y yo, y todos y todas los demás, pertenecemos… Feliz particular espiritualidad… Y cuídense y respétense, que es la piedra angular de la convivencia y la construcción de un futuro donde quepa la esperanza.
