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Hablan por primera vez las familias de los mineros fallecidos en Cerredo: "Vamos a pelear con uñas y dientes, y quien tenga que pagar, que pague"

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03.05.2026

Hablan por primera vez las familias de los mineros fallecidos en Cerredo: "Vamos a pelear con uñas y dientes, y quien tenga que pagar, que pague"

Los parientes más próximos de Jorge Carro, David Álvarez, Amadeo Bernabé y Rubén Souto rompen con LA NUEVA ESPAÑA un silencio de un año y un mes de desgarro

Expresan la sensación de abandono y desamparo, lamentan la falta de ayudas ante la perspectiva de un largo periodo sin ninguna indemnización pero, sobre todo, cuentan su dolor y su rabia

Once manos. Los familiares de cuatro fallecidos en Cerredo colocan sus manos ante cuatro flores que representan a sus maridos, hijos y hermanos. Se suma el sobrino de David Álvarez. | VICENTE MONTES

Viernes, Primero de Mayo, Día del Trabajo. 12.30 de la mañana. Diez personas se sientan en círculo ante una mesa, al sol, en el exterior de un pequeño restaurante rural de Torres de Laciana, en León. La primavera se envalentona por momentos. Es un encuentro extraño: una cita con la memoria, el dolor y la rabia. Un año y un mes después del accidente minero de Cerredo, en el que fallecieron cinco trabajadores, las familias de cuatro de ellos se reúnen por primera vez para hablar juntas, con calma, y aceptan hacerlo ante LA NUEVA ESPAÑA. Solo ponen dos condiciones: no quieren fotografías y tampoco aparecer más allá de sus nombres.

Por David Álvarez Núñez, de 33 años, están sus padres, Roberto y María Jesús, y su hermano Roberto, acompañado de su esposa, Marta. También asiste Cristina, pareja durante casi treinta años de Rubén Souto Robla, de 49 años. Están Tomás y Ana, padres de Jorge Carro André, de 33 años, junto a Jenny, su pareja y madre del hijo de ambos, de tres años. Y acuden también Joane, esposa de Amadeo Bernabé Castelao, de 48 años, y su hermana Dora.

El dolor de las familias ha estado en el centro del debate político, pero nunca se las había escuchado. De hecho lamentan que nadie haya querido hacerlo. Esto no es una entrevista ni una suma de declaraciones. Es un diálogo coral: una acumulación de recuerdos, reproches, desgarros y heridas. Y, sobre todo, un lamento que termina sonando como una sola voz. Su nombre se ha invocado muchas veces. Ahora hablan ellas. Y lo hacen para rescatar las promesas que se les hicieron. Sus hijos, sus maridos, trabajaban para una empresa que les ocultó que carecía de licencias y permisos, y que incumplía las medidas de seguridad. Tampoco tenía seguros adecuados. Las perspectivas de cobrar indemnizaciones son de años. En una familia se cobra solo una pensión de orfandad; en otra ni siquiera se reconce la viudedad. El proceso judicial que afrontan implica gastos sin haber recibido ninguna compensación económica. El Principado ha prometido ayudas después de que la diputada Covadonga Tomé, presidenta de la comisión de investigación, haya planteado adelantar indemnizaciones.

I. El aviso que nunca llegó

"Nos enteramos por otra gente o por las noticias; nunca nadie llamó"

—A día de hoy, nadie ha llamado para decirnos: "Ha habido un accidente; tu marido está aquí, tu hermano está aquí" —dice Roberto, hermano de David Álvarez—. Nadie de la empresa tampoco.

—Yo me enteré de todo por mi hermana, por su trabajo. Si no, lo habríamos sabido por la prensa, sin que nadie nos avisase —añade Tomás, padre de Jorge Carro.

Marta, cuñada de David, recuerda que la primera llamada llegó por otra familia.

—Lo supimos sobre las diez menos veinte, por la mujer de un herido que había salido vivo y la llamó. Su mujer es amiga mía.

Roberto completa la escena:

—Le dijo: "Marta, ha habido un accidente muy grande".

Cristina, pareja de Rubén, estaba entonces trabajando como conductora en Tragsa, en Fabero.

—Lo oí por la emisora del camión: que había habido un accidente en Cerredo. Pensé que era de tráfico. Entonces alguien preguntó cuántos coches estaban implicados y ya dijeron que no, que había sido en la mina, una explosión de grisú. Yo ya no supe si frenar, si tirarme para el pozo de cabeza. Me bajé del camión y avisé de que cogía un coche de la nave y marchaba para Cerredo, pero llegó el encargado y me dijo: "Yo te subo". Serían las once menos veinte.

Habían pasado cerca de dos horas desde el accidente.

—Cuando llegué, allí aún no había casi nadie —dice Tomás.

Marta entra entonces en el tramo más cruel de aquella mañana: la búsqueda y una confusión.

—Tuvimos que buscar a su hermano por todos los hospitales. Nos llamaron diciendo que David estaba bien y que estaba en el Hospital del Bierzo. Y allí estuvimos, espera que te espera.

Roberto, su marido, hermano de David, continúa:

—Íbamos a Ponferrada porque teníamos cita con un especialista. Al coger la autovía recibimos la llamada: "Venid para el hospital, que acaban de traer a David". Ella creyó que era mi hermano porque oyó "David Álvarez" y vio a alguien en la camilla, todo lleno de negro.

Marta avisó a sus suegros:

—Decían que estaba bien, dentro de la gravedad, así que llamé a mi suegra para decirle que estuviese tranquila.

—Llegamos a urgencias y dijimos que éramos familiares de David Álvarez. La mujer que nos atendió nos comentó que no nos preocupásemos, que se había roto una costilla, que tenía magulladuras y quemaduras. Tú vas así, en la mierda, y te dicen eso, y piensas: las heridas se curan. Nos mandó a la sala de espera. Luego volvió con la cara desencajada. Me preguntó: "¿Cómo se apellida tu hermano?". Le dije: "David Álvarez". Y ella: "No me has entendido. Este es Álvarez de segundo. Este chico dice que no tiene hermanos".

—Entonces preguntamos: "¿Y nuestro hermano dónde está?". "Aquí no", nos dijeron. "Llamad a Oviedo, a León… al Instituto Forense".

Salieron hacia la mina, llamando a todas partes.

—Telefoneábamos a David y no contestaba. Yo iba mirando el móvil y veía: un fallecido, dos, tres… Y le decía a mi marido: "Si tu hermano estuviera muerto, alguien nos lo habría dicho. Si pasó a las ocho y media y son las once, seguro que está bien". Luego se decía que había un atrapado. Y pensamos: "Por Dios, que sea él".

Al llegar a Cerredo, la confirmación no fue una palabra, sino un gesto.

—Preguntamos. Un hombre entró en la nave donde tenían los cuerpos. Cuando salió, le vimos la cara. No hacía falta que dijera nada. Ahí lo supimos.

Y entonces llegó otra tarea imposible.

—Ahora llama a ellos dos —dice Marta, señalando a Roberto y María Jesús, los padres de David, que escuchan en silencio—. Llámalos y díselo.

—Claro —añade Roberto—. Porque ellos pensaban que estaba bien. Les habíamos dicho que estuvieran tranquilos.

Cristina interviene para resumir el desconcierto de todos:

—Todos nos enteramos por la radio o por otra gente. De la empresa nadie llamó. Y estando arriba… ¿cuánto tardaron en decir los nombres? El médico solo daba datos de los heridos. Fue un caos total. Supe que había fallecidos cuando llegué arriba.

Joane, viuda de Amadeo, fue la última en saberlo.

—Lo supe a las once y media, en Caboalles. Estaba en casa........

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