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Otro tipo de corrupción

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Como lo he dicho en otras columnas, la corrupción es el verdadero flagelo que termina por socavar cualquier democracia. Es un problema generalizado y es, en realidad, la verdadera crisis que hoy vive América Latina, aunque insistan en que el problema es simplemente ideológico y que todo se reduce a una disputa entre izquierda y derecha, como si ahí estuviera la explicación de fondo.

Hace pocos días estuve en Ecuador, participando en un encuentro internacional en el que, tuve el honor de ser reconocido, distinción que agradezco sinceramente a los organizadores y al jurado. Más allá de lo personal, lo valioso de ese espacio fue la conversación. Coincidí con estrategas de varios países de la región —México, Ecuador, Perú, Venezuela, Argentina y Colombia— y llegamos a una conclusión inquietante: nuestras democracias no están en crisis por la ideología que gobierna, sino por la forma en que se ejerce el poder.

Y es que cuando hablamos de corrupción pensamos en los escándalos por robos que ocupan titulares, en los abusos que indignan y que deberían tener consecuencias claras.  Pero ese tipo de corrupción no es el más delicado. Hay una corrupción más silenciosa, difícil de detectar y, precisamente por eso, más peligrosa. Es la corrupción de la ideología. Es la que aparece cuando el poder se convierte en un fin en sí mismo y no en un medio para gobernar; cuando se decide que el contradictor no merece ser escuchado, sino deslegitimado; cuando todo lo que hace el otro es descartado de plano simplemente por no pensar igual; cuando se justifica la imposición, se pasan por la faja la institucionalidad para imponer un pensamiento o capricho.

Ahí es donde la ideología se corrompe y empieza a convertirse en excusa. Una cosa es defender con firmeza una visión del país, y otra muy distinta es pretender imponerla desconociendo al otro. En el primer caso, la democracia se fortalece; en el segundo, se corrompe. Así de simple.

Por eso el problema no es la izquierda ni la derecha. Existen ejemplos en el mundo de gobiernos de ambas orillas que han sabido gobernar con equilibrio, respetando las instituciones y generando confianza.

El problema aparece cuando la ideología se contamina, cuando se transforma en una herramienta para imponer y no para construir. Eso es, una corrupción del pensamiento. Una pérdida de principios y de valores que termina justificando cualquier cosa en nombre del poder. Y mientras no entendamos que respetar la ideología del otro es tan importante como defender la propia, seguiremos atrapados en una dinámica que no construye democracia, sino que la va desgastando poco a poco, hasta convertirla en tiranía.


© La Nación