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Abelardo de la Espriella no es un populista

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16.06.2026

La mañana del 9 de agosto de 1994 el senador Manuel Cepeda Vargas fue asesinado a tiros dentro de su carro camino al Congreso colombiano. Era uno de los últimos dirigentes que quedaban vivos de la Unión Patriótica, el partido de izquierda de las FARC nacido de un proceso de paz y luego exterminado de manera sistemática. Miles de sus militantes fueron asesinados, desaparecidos o empujados al exilio ante la atenta mirada del Estado, que también hizo su parte.

Tres décadas después, el hijo de Manuel, el senador Iván Cepeda, disputa la segunda vuelta de las elecciones presidenciales contra Abelardo de la Espriella, un abogado mediático con vínculos de larga data tanto con el narcotráfico como con el paramilitarismo, que ha prometido «destripar a la izquierda» y que hoy, montado en una campaña de fuegos artificiales, encabeza las encuestas.

En un solo tarjetón, Colombia ha escenificado el enfrentamiento entre el heredero de una experiencia de construcción política de masas que fue aniquilada mediante un genocidio y el heredero político de las fuerzas que lo perpetraron. Pero, al contrario de Cepeda, cuya trayectoria política resulta evidente para cualquiera con memoria del pasado reciente del país, De la Espriella es un artefacto puramente coyuntural que, de la noche a la mañana, recicló su influencia en las sombras para presentarse como el outsider definitivo del sistema político colombiano.

Casi al unísono, los comentaristas han echado mano de una sola palabra para explicar el ascenso meteórico de De la Espriella: populismo. Su escalada ha sido, en efecto, asombrosamente veloz. En cuestión de meses pasó de comentarista ocasional de televisión a favorito en la carrera presidencial. En el camino, el personaje de De la Espriella fue armado con precisión quirúrgica, pieza por pieza, con fragmentos cuidadosamente seleccionados de las figuras de la extrema derecha internacional.

Tomó prestada del salvadoreño Nayib Bukele la estética pulcra de hombre fuerte. Del argentino Javier Milei, la bravuconería leonina (se bautizó a sí mismo «el tigre»). Del trumpismo hizo suya la retórica de la obscenidad transgresora. De la Espriella promete encarcelar y aniquilar a sus opositores al tiempo que presiona en vivo a una joven periodista para que opine sobre su «paquete». Destilando aporofobia y misoginia en puro espectáculo, la campaña más cara de la historia del país ha resultado ser también la más eficaz. La pregunta es por qué, y la respuesta no es la que han fijado los comentaristas del establishment.

La trampa del concepto

En el último tiempo, el término «populismo» ha devenido en un reflejo para explicar el ascenso de casi cualquier figura disruptiva, lo mismo de derecha que de izquierda (aunque mayormente se usa para enlodar a los líderes de izquierda), y De la Espriella no es la excepción. Analistas de todo el mundo resaltan su retórica maniquea, su estilo transgresor, su carisma de caudillo, la manera en que parte el mundo entre un «nosotros» puro y un «ellos» perverso y convoca, sin eufemismos, a «descuartizar» a la oposición.

Pero nada de esto es propio del populismo. La frontera entre el «nosotros» y el «ellos» anima casi cualquier pasión colectiva, desde la religión hasta el........

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