Ecuador, la excepción transformada en dictadura
En memoria de Mario Unda (1957-2026)
"La arquitectura del poder absoluto no se anuncia. Se normaliza. Y cuando se consolida, el problema no es quién gobierna, sino que el Estado deja de servir a los ciudadanos para servir a quien gobierna. (...) No se construye de un día para el otro. Va de a poco, con pequeñas acciones: disciplinar la palabra, alinear a la justicia, usar al Legislativo como escudo y lanza, controlar a los árbitros del poder y manejar el poder electoral. Todo, con un engranaje final: una burocracia obsecuente y una sociedad indiferente."-María Sol Borja (periodista ecuatoriana) [1]
A pesar de que "la metáfora de la rana hervida"[2] no es aceptada como válida por los biólogos, parecería que sí sirve para comprender la incapacidad de los seres humanos de reaccionar ante amenazas graduales o cambios negativos cuando son pausados. Algo de eso parece suceder en Ecuador, con una sociedad paulatinamente habituada a la normalización de medidas excepcionales, tal como sucedería con una rana que no reacciona cuando se le introduce en una olla con agua fría a la que se le calienta poco a poco. La lista de atropellos a la institucionalidad democrática, desatados por un régimen representativo de la recomposición contemporánea del bloque de poder oligárquico, esta vez encabezado por Daniel Noboa, crece paulatinamente, pero de forma sostenida.
Como punto de partida para el análisis, debe quedar absolutamente claro que Noboa interpreta y de alguna forma lidera un proyecto político, en el que, de una u otra manera, están sintetizados los intereses de las nuevas y las viejas oligarquías nacionales, en estrecha sintonía con los impulsos que provienen de los centros imperiales, particularmente del Washington de Trump. Por lo tanto, no se pueden perder de vista los procesos en marcha en toda la región, en la que se van alineando con esos intereses cada vez más gobiernos, como acaba de suceder en Colombia y Perú. Noboa no improvisa. Noboa tiene una hoja de ruta. Las decisiones adoptadas, más allá de algunas contradicciones y enfrentamientos inter-oligárquicos, muestran coherencia estratégica.
Recurriendo a las siempre lúcidas palabras de Mario Unda[3], el régimen de Noboa puede caracterizarse como bonapartismo oligárquico. Esta caracterización parte del bonapartismo de Carlos Marx (1852), que fuera posteriormente reelaborada por Nicos Poulantzas, para dar explicación a las formas excepcionales de reorganización del Estado capitalista. A través de una serie de golpes de mano, Noboa se sitúa por encima del Estado y subordina funciones estatales que supuestamente deberían ser de control y autónomas respecto del Ejecutivo. En esta trabazón, signado por un creciente autoritarismo, hay que ubicar a Noboa en la propia clase de la que proviene, desde donde gobierna a través del clientelismo, así como de la persecución y la represión. Y todo en un ambiente en el que predomina una suerte de democracia del tik-tok, como una de las tantas manifestaciones del capitalismo tecnofeudal en marcha.
Los mecanismos privilegiados de este itinerario han sido, por un lado, el temor de buena parte de la sociedad, acorralada por la violencia del narcotráfico, aliado con Noboa; por otro lado, la construcción del "bloque de seguridad" para combatir la inseguridad, fraguando simultáneamente nuevos miedos, como verdadero eje del poder político. Todo esto le otorga al proyecto político que lidera -por lo pronto- Noboa la fuerza material y simbólica suficiente como para construir una forma de poder dictatorial con fachada democrática.
La progresiva configuración de un régimen de excepción permanente
La necropolítica y la necroeconomía avanzan juntas, como dos caras de la misma moneda. Por un lado, se busca disciplinar a la sociedad y, por otro, se pretende neoliberalizar aún más la economía; todo en clave de un proyecto de dominación sintonizado con los impulsos desatados por tendencias de extrema derecha presentes en muchas partes del planeta. Y lo preocupante es que frente a la avalancha de medidas de corte totalitario hay grandes respuestas de rechazo pero no son tan vigorosas y masivas... aún.
Aunque el Ecuador contemporáneo (todavía) no constituye un régimen totalitario en sentido histórico estricto, la ejecución de estados de excepción sucesivos, la permanente narrativa del "conflicto interno armado" y la militarización del espacio civil, con un permanente y sistemático atropello al marco legal, configuran un proceso sostenido hacia la autocracia y concentración extraordinaria del poder ejecutivo. Lo graves es que, cuando la suspensión de garantías deja de escandalizarnos y el miedo se internaliza como condición natural, el poder ya no necesita mostrarse en su forma más brutal: comienza a operar "desde dentro", a través de la resignación, la indiferencia y la desmovilización popular.
En este entorno, el capitalismo, operando en su modo neoliberal extremo, forzando más y más los extractivismos, apuntalado en prácticas económicas liberalizadoras a la par que rentistas y en anquilosadas estructuras sociales oligárquicas, consolida y profundiza en Ecuador formaciones desiguales y visiones conservadoras, con crecientes tendencias individualizantes y reaccionarias, que vigorizan incluso el patriarcado y la colonialidad. Esta realidad demanda un Estado cada vez más autoritario y violento, lo menos democrático posible. Y todo esto, a la postre, robustece tendencias aún más concentradoras del poder, de la riqueza y de la misma acumulación de capital.
Vivimos momentos en los que la institucionalidad democrática y el estado de derecho no se rompen de golpe, sino que se vacían lentamente. No desaparecen de inmediato las elecciones, se las reconfigura en una suerte de sainete para mantener el frontispicio de una democracia. Todo sigue funcionando, pero de manera diferente. La legalidad se vuelve un instrumento de suspensión de derechos; la seguridad se convierte en el lenguaje de dominación del régimen; la justicia se acomoda al poder; el miedo reemplaza al debate público; y, la ciudadanía aprende a vivir bajo restricciones que antes habrían parecido intolerables.
El saldo de tanta violencia estatal se refleja en un creciente autoritarismo represivo, que ha desembocado en sistemáticas violaciones de los DDHH, con una persecución cada vez más aguda en contra de personas y organizaciones de la sociedad civil, que incluye acciones de brutalidad extrema: con detenciones ilegales, con desapariciones y ejecuciones extrajudiciales, con asesinato de quienes denuncian la corrupción, con bloqueo de cuentas bancarias, con acciones judiciales sustentadas en "informes reservados".
Son varios los indicadores e informes internacionales que afirman que Ecuador atraviesa un deterioro democrático (Varieties of Democracy Institute, 2026; Freedom House, 2026; Corporación Latinobarómetro, 2025). Hay incluso análisis que aseguran no solo que los homicidios continúan en niveles históricamente altos, sino que se acumulan denuncias de actos violatorios de DDHH, en los que están inmersos efectivos militares estadounidenses, con una notable ausencia de mecanismos de control y de enjuiciamiento (Human Rights Watch, 2026). Tan grave es este deterioro que inclusive algunos connotados voceros de la derecha, con el eco de parte de la gran prensa, han expresado su rechazo a este orden dictatorial, eso si sin cuestionar para nada la esencia del proyecto oligárquico-neoliberal, por antonomasia autoritario.
Más allá de algunas diferencias, lo que interesa es constatar como al estado de derecho se lo transforma en tiranía.
En la práctica, con el "estado de excepción" se normaliza la dictadura
En el Ecuador de Daniel Noboa el "estado de excepción" no es más la anomalía. La excepción ha dejado de ser una respuesta temporal a determinadas crisis. Le han convertido en un método ordinario de gobernar. Hasta el 20 de junio de 2026, el mandatario había firmado 24 decretos relacionados con estados de excepción, de los cuales 22 han sido por inseguridad, 3 por protestas sociales vinculadas a la eliminación del subsidio al diésel y 1 por la crisis eléctrica. En términos de duración, la narcoadministración de Noboa ha transcurrido más de un 95% bajo algún régimen excepcional, nacional o focalizado. En Ecuador gobierna, en síntesis, la excepción, la militarización, a lo que se suma el irrespeto al marco jurídico vigente. Y esto se complementa con un presidente que "trabaja" vía remota o en la distancia, puesto que ha realizado 33 salidas al exterior, hasta la misma fecha, con casi la mitad a los EEUU, donde tiene muchos de sus negocios.
El clave de narrativa oficial: Ecuador presuntamente libra una guerra contra el crimen organizado. Lo de fondo no es solo el combate a la violencia criminal, sino también el modo en que esa guerra (sin víctimas criminales ni militares; sólo civiles) está siendo........
