El discurso del «hodio»
El odio es una pasión estúpida. Es la ilusión de los condenados que, tras la muerte, no sólo no verán a Dios, sino que ahondarán en su ira contra la luz. Lo justo es decir que el odio es la emoción propia de los que no creen, los que reniegan de la fe, la esperanza y la caridad. El amor no sólo sobrevive a la muerte, sino que no pertenece del todo a esta vida. El amor no es de este mundo. Aquí tan sólo lo percibimos como un reflejo maravilloso, como la pálida luz indirecta que corona a la luna cada noche. El odio es denso y centrípeto. El amor es liviano y centrífugo. El amor, nos dijo el gran papa polaco, el amor vence siempre.
Odian los desesperados, que viven presos del rencor, que juegan sus cartas con la ansiedad de quien sabe que todo cuanto puede obtener en su triste existencia se mueve en las coordenadas de este espacio y este tiempo. Odian los fanáticos del profeta de la muerte, a los que no les salen las cuentas del más allá sin sembrar de sangre y miedo el más acá. Odian los que no creen en la libertad del hombre o en la irrenunciable dignidad de la vida humana, que lo apuestan todo al marchito materialismo. Odian los que desprecian toda virtud, porque han conducido sus corazones al callejón sin salida del animal que también somos. Y odian los frívolos, que asientan sus convicciones sobre el cuero cabelludo, sin que ninguna idea logre echar raíces al otro lado del cráneo.
El odio, también conviene señalarlo, es la pasión oscura de los ociosos. Y tan sólo los subvencionados, los comprados y vendidos, pueden permitirse tal pasatiempo. Los trabajadores, los padres, los que persiguen un propósito noble, los cristianos, los conservadores, los esperanzados, no odian a personas, sino a las malas ideas, a las malas acciones. Porque odian —odiamos— el mal.
Nadie crea que no odiamos a personas por pura virtud, es más simple que eso: no odiamos porque no nos gusta perder el tiempo con rencores banales, que cansan, que distraen, que nos hacen peores, perdedores. Occidente está levantado sobre la exaltación de la idea de virtud, sobre un horizonte ascendente. Mientras que los enemigos del Occidente cristiano luchan por erradicar toda virtud, por imponer una forma de vida deprimente, manejable y exprimible. El Occidente esplendoroso miraba al cielo, como sus grandes catedrales, mientras que los artífices de la crisis de nuestra civilización buscan sólo enterrar sus narices en el fango.
La izquierda posmoderna proyecta sus vicios sobre el contrario. Eso explica el breve éxito que tuvo durante el Imperio Woke la monserga de los discursos de odio, que siempre fue acusación unidireccional, que siempre fue reducir al enemigo a un montón de prejuicios, amalgamarlo, deshumanizarlo, que es precisamente lo que se espera del que odia en la psicología clínica.
Con todo, el odio es primario, contagioso, y es uno de los vehículos favoritos del mal. Toda la historia del socialismo es la historia de un inmenso rencor, primo hermano del odio, como todo el wokismo es la historia de una inmensa insatisfacción, prima hermana del rencor. Lo único en lo que la izquierda ha sido imbatible es su capacidad para manipular el odio, para excitarlo, para dirigirlo en beneficio propio. Hoy como ayer.
El sanchismo llega tarde a esa fiesta, porque el declive del etiquetaje de buenos y malos es un hecho en todo el mundo libre. Pero es en el odio, en la división, donde el sanchismo respira. Dividió a los suyos, a los socialistas, y dividió el parlamento, como hoy está intentando partir en dos la nación de la forma más irreconciliable posible. Pretende dejar a un lado a los patriotas, y al otro a los que han caído en las redes del rencor que él mismo ha programado en sus cloacas. Desconoce el presidente que el patriotismo no es odio a los extraños, sino exaltación amorosa de la casa propia, de la familia extendida, de la historia común construida durante siglos, de la ley que alumbra justicia, de la gran obra virtuosa de quienes nos precedieron. Nunca podrá entenderlo el superhéroe de Ana Redondo, que hizo de su capa una sauna.
En cuanto al «hodio», no mucho. El «hodio» es tan sólo una repugnante falta de ortografía. La propia de un analfabeto, de alguien a quien nunca podríamos odiar, porque tan sólo nos mueve a la risa. ¿Está usted insinuando que, en vez de temerle, nos descojonamos de Sánchez? Rotundamente sí.
