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El pueblo

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01.03.2026

En la sección Ideas, Yesurún Moreno ha realizado una interesante entrevista a Jorge Verstrynge, una figura siempre interesante y, como se dice ahora, desafiante.

Se esté o no de acuerdo, es de los pocos que han pensado aquí el populismo. En la primera entrevista, la palabra pueblo aparece más de cincuenta veces.

Y esto nos resulta raro porque hemos aprendido a recelar del término. En el pueblo, por supuesto, vemos lo vulgar, también una ingenuidad y una cosa como bolivariana, podemita y desordenada.

Sin embargo, en el artículo 1 de la Constitución se dice que «la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado».

Lo que tiene el Estado, su poder y legitimidad, viene de ahí, al menos declarativamente. Los Estados de Europa son activa y militantemente democráticos, un democratismo que no es tanto democrático como demoliberal, que evita lo popular, que rehúye lo popular. Es una democracia en la que el demos se apaga y le sale la coletilla liberal. Diríamos más: democracia con poquito pueblo, con cada vez menos pueblo.

El culto al Pueblo se sustituye por el Estado de Derecho, donde se produce esa «residencia» del pueblo. La sensación es que el Pueblo (ese del que habla la Constitución, previo y externo a ella) no existe o existe solo materializado en sus instituciones y legislación, en el parlamento, los partidos, la administración o en su jefatura, la monarquía, y aquí la forma que adopta ese Estado, cuyo poder emana del pueblo, se hace ella misma símbolo del pueblo (cuando lo es del Estado). Esto forma un bucle muy curioso. El Estado tiene unos poderes que se hacen uno solo, o uno y medio, como mucho, y adopta una forma que se quiere símbolo de aquello de lo que emana, de modo que, en cierta manera, como en un empalme de legitimidad, lo sustituye. A muchos les da asquito el Pueblo y lo sustituyen con el Rey: rey, mucho rey, y el pueblo, si acaso, aplaudiendo.

Y el Estado se encastilla así, monárquico y demoliberal, y se aleja del pueblo, del pueblo como tal, cuya sola mención ya es sospechosa. Parece que hablamos como Pablo Iglesias sin decimos pueblo, pero, si uno lo piensa, su pueblo-clase, su pueblo como clase, se ve que no recoge lo necesario cuando aparece el fenómeno de la inmigración. ¿Cómo va a significar su pueblo la realidad del pueblo español si es el mismo pueblo haya 40 millones de españoles o 20 millones de extranjeros? Si ese pueblo que usa la izquierda es el mismo transformado de extranjería o sin transformar, entonces falla como concepto.

La inmigración masiva tiene el efecto de precisar ciertas definiciones al llevar algunas cosas al absurdo. En la inmigración masiva el olvido del pueblo se hace patente, el pueblo se ignora como organicidad, como redondez, como continuidad, como fisicidad o  eticidad, como realidad poblacional, o sea, la realidad extraconstitucional del Pueblo, todo eso queda olvidado con la inmigración como culminación de un vivir los Estados al margen de sus pueblos. Hasta el punto casi cómico de proclamarse radicalmente demoliberales mientras los sustituyen.

La inmigración masiva evidencia el total olvido del pueblo, algo que habíamos notado mucho antes y que persistiría aunque remitiera el fenómeno migratorio. Porque no se habla del pueblo, ese pueblo-plebe que nos recuerda Verstrynge, y no se gobierna para él. Porque puede aumentar el PIB, pero eso no es mejoría para el pueblo, para el sujeto redondo, moral y común que es el Pueblo, ni mejora de las personas que lo integran (obligación hobbesiana nueva del Estado en entornos globalmente competitivos).

Lo populista nos recuerda que, si no mandar, porque mandar mandan muy pocos, el pueblo debe poder controlar al poder y ser consultado.

Pero hemos sido educados contra el Pueblo, y como mucho apelamos a la sociedad civil, que es otra cosa.  

Incluso siendo por instinto antipopular, habría que ser racionalmente populista.


© La Gaceta