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Unos cartones y un tetrabrik de vino peleón

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02.04.2026

Va uno por ahí, qué sé yo, camino de hacer deporte con los amigos o hacia el gimnasio y en un soportal esquinado se encuentra a tres o cuatro tipos balbuceando, borrachos, o, al caer la noche, a alguien durmiendo en el soportal de un banco al lado de un cajero automático. Y si no está uno atento, con el corazón bien colocado, lo atraca a mano armada una emoción muy básica, mezcla de extrañeza y de repugnancia. Tal vez aparta uno la mirada, y está incómodo; «qué habrá hecho esta gente para llegar hasta ahí», se pregunta, con curiosidad o enjuiciando, en función de lo atinado que esté ese día.

Lo que rara vez nos preguntamos es qué nos separa realmente de esta gente. La respuesta es inquietante y simple: muy poco. Un par de desgracias, dos o tres decisiones desafortunadas, y cualquiera de nosotros podría terminar durmiendo en la acera. Es un pensamiento que la mayoría reprime; preferimos creer que hay razones morales —un mal comportamiento— detrás de esas desgracias, porque, a fin de cuentas, esto es el primer mundo y no es California. Engrosamos la barrera que tenuemente nos separa de ellos, con menos razones que miedo. Y a veces hasta nos sorprendemos musitando un «se lo buscó», fugaz y miserable.

Pensemos en los factores que empujan a una persona a la calle. No siempre son las drogas o el alcohol. Muchas veces son accidentes de la vida: la pérdida de un empleo, un seguro no renovado que se junta con una calamidad o una........

© La Gaceta