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Unos cartones y un tetrabrik de vino peleón

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02.04.2026

Va uno por ahí, qué sé yo, camino de hacer deporte con los amigos o hacia el gimnasio y en un soportal esquinado se encuentra a tres o cuatro tipos balbuceando, borrachos, o, al caer la noche, a alguien durmiendo en el soportal de un banco al lado de un cajero automático. Y si no está uno atento, con el corazón bien colocado, lo atraca a mano armada una emoción muy básica, mezcla de extrañeza y de repugnancia. Tal vez aparta uno la mirada, y está incómodo; «qué habrá hecho esta gente para llegar hasta ahí», se pregunta, con curiosidad o enjuiciando, en función de lo atinado que esté ese día.

Lo que rara vez nos preguntamos es qué nos separa realmente de esta gente. La respuesta es inquietante y simple: muy poco. Un par de desgracias, dos o tres decisiones desafortunadas, y cualquiera de nosotros podría terminar durmiendo en la acera. Es un pensamiento que la mayoría reprime; preferimos creer que hay razones morales —un mal comportamiento— detrás de esas desgracias, porque, a fin de cuentas, esto es el primer mundo y no es California. Engrosamos la barrera que tenuemente nos separa de ellos, con menos razones que miedo. Y a veces hasta nos sorprendemos musitando un «se lo buscó», fugaz y miserable.

Pensemos en los factores que empujan a una persona a la calle. No siempre son las drogas o el alcohol. Muchas veces son accidentes de la vida: la pérdida de un empleo, un seguro no renovado que se junta con una calamidad o una enfermedad que devasta los ahorros (estamos en el país de los tres millones de autónomos). En ocasiones puede ser poco más que un divorcio mal llevado. Son golpes invisibles que acumulan su efecto hasta que, de repente, te encuentras a la intemperie, rodeado de bolsas y cartones, con el tetrabrik de vino peleón como compañía silenciosa.

En el documental Someone’s Daughter, Someone’s Son, personas que han vivido en la calle hablan sin guion de su pobreza, de cómo llegaron ahí, y de lo que significa perderlo todo. Frente a la cámara, uno de los entrevistados dice con voz calmada: «No pensé que bastaran dos facturas que no podía pagar para terminar aquí. Una cosa lleva a la otra, y de pronto ya no tienes casa, no tienes banco, no tienes seguridad… solo tienes frío». Son personas que han vivido sin techo, en primera persona, en las calles de ciudades del Reino Unido. Pero, claro, nos decimos que esto es cosa de los anglosajones; aquí tenemos la red familiar mediterránea para recogernos si caemos.

Veamos cómo esas redes se están resquebrajando. En España, el sinhogarismo ya no es una anomalía marginal ni un fenómeno lejano: casi treinta mil personas viven directamente en la calle, y organizaciones sociales elevan la cifra por encima de las cuarenta mil. Pero el dato más inquietante no es ese, sino el que queda fuera del encuadre: alrededor de 8,5 millones de personas —casi uno de cada cinco españoles— están en situación de exclusión residencial, es decir, viviendo en condiciones precarias, inseguras o al borde del desahucio. La red familiar, tantas veces invocada como refugio mediterráneo, muestra grietas evidentes: jóvenes que no pueden emanciparse (solo un 15% lo logra), mayores que viven solos en viviendas demasiado grandes o vacías y familias que ya no pueden sostener a quienes gravemente tropiezan. Mientras tanto, los recursos asistenciales están desbordados: en 2024 más de 33.000 personas dormían cada noche en centros de acogida, un 55% más que apenas dos años antes, y una de cada cinco personas sin hogar queda fuera del sistema de ayuda. La imagen de la familia como último sostén sigue existiendo, pero cada vez con más condiciones, más cansancio y menos capacidad real. Los hogares monoparentales son los que tienen mayor riesgo de pobreza en España. Todo esto demuestra que la distancia entre «ellos» y «nosotros» se está agrandando peligrosamente. La persona que hoy vive bajo cartones podría haber sido un vecino amable, un compañero de trabajo confiable o incluso alguien que nos enseñó en la escuela. 

Lo cierto es que hace más por moralizarnos —en el mejor sentido de la palabra— un prójimo que sufre, cuando nos arriesgamos a entenderlo, que todos los hashtags de todas las causas. Compadecerse induce a la acción; si no en el caso particular de lo que vemos —o no solo—, sí en cuanto a mejorar el mundo para que sucedan menos dramas. Esto no significa salvar a todos ni cargar con todos los problemas del mundo; significa reconocer la humanidad compartida. Un gesto, tres palabras intercambiadas, a veces es eso; o el euro que llevamos encima y, seamos honestos, es a ellos a quien más les hace falta. «No, que se lo gastará en bebida», nos decimos: maravillosa esta clarividencia del comportamiento del desahuciado, como si no comiera o se tomase un café nunca. La caridad está muy denostada, pero pueden estar seguros de que ahí residen los primeros auxilios de la ética.

Salvo la crueldad, nada es peor que la indiferencia. Nunca deberíamos naturalizar la desigualdad y la miseria. Luchar políticamente contra ella es imprescindible; pensar que estos son «problemas del Estado», una infamia. El bienestar de unos depende del cuidado de todos y nadie está exento de caer. No hay verdadera solidaridad desde las posiciones abstractas. La pobreza no es un castigo moral. Sñolo hay Uno que puede juzgar, no conviene olvidarlo, y eso que todo apunta a que es quien menos juzga. Somos seres terriblemente vulnerables. Las desgracias, las malas decisiones, los golpes del azar, son una invitación constante a que seamos humildes.

La calle no es un espacio ajeno; es común y debe ser digno. Está claro que lo primero es intentar crear prosperidad y justicia para que nadie acabe en la cuneta. Lo siguiente, y urgente de veras, es comportarnos ante nuestro conciudadano más golpeado como si de algún modo nos importara.


© La Gaceta