El Gran ‘Spoiler’
No creo que ningún lector habitual de estas columnas, si es que existe un monstruo semejante, pueda acusarme de optimista. Esa es una de las gracias de Enrique García-Máiquez, que consigue ser consistentemente optimista sin resultar ingenuo o irritante. Yo, por lo común, estoy en las antípodas.
Pero así como hay un optimismo superficial en mucho pesimista ontológico, esta semana y lo que representa me invita a recordar que mi caso es el inverso, que si soy pesimista en lo inmediato, en esta espuma de los días que es el panorama político, se trata de un pesimismo epidérmico, casi frívolo, estoy por decir un hobby o una pose, porque soy heredero de una historia con final feliz.
Me refiero, claro, al Gran Spoiler de mi fe, ese que Muñoz Seca resumió en una cuarteta genial de Semana Santa: «Virgen de la Macarena,/ ponte la cara bonita/ que ya sabemos to er mundo/ que el Domingo resucita». Mirar, sin minimizarlo en absoluto, el elemento dramático del instante sin perder de vista el glorioso final que le da sentido.
Los cristianos vivimos en una historia de la que conocemos el final: ganan los buenos. Pero hasta eso está mal dicho, que aquí se impone un tiempo verbal de perfecto para contar el perfecto secreto: ya han ganado; con un poco de suerte, ya hemos ganado. Nolite timere, ego vici mundum.
Uno tiene que sacar la cabeza de vez en cuando de este marasmo, de Pedro y sus pedradas, de las guerras y rumores de guerras en Oriente, con su espectro de apocalipsis nuclear, y todo el torrente de calamidades que se nos anuncia a diario, para recordar, para reconocer que no vivimos en el cogollito de la historia humana como nos sugiere la soberbia cronológica, sino en su epílogo.
Dicen que España se descristianiza a toda velocidad, que es como decir que España se desespañoliza, y hay tablas de Excel llenas de razones numéricas para el desánimo. Y, en cierto sentido, la situación es peor que si el país volviera en bloque al paganismo. Porque una España neopagana seguiría el mismo curso natural que siguieron las sociedades paganas: convertirse al cristianismo.
Lo que tenemos es algo más triste, porque lo que se ha conocido no puede ignorarse, sólo rechazarse. No nos estamos convirtiendo en un pueblo pagano, ni siquiera puramente ateo, sino apóstata. Si España estuviera en camino hacia un culto de la Diosa Razón, no habría esa enemiga sañuda contra la expresión de nuestra fe. Una procesión de Semana Santa, en el peor de los casos, se vería como un pintoresco espectáculo ancestral, altamente estético y con gran potencial turístico, algo así como una representación de Antígona en el Teatro Romano de Mérida.
Pero el drama de España es que ha dejado de creer sin acabar de creer; abjura, pero de la religión verdadera, de una fe que es incapaz de ver con la distancia serena con la que contempla otras, como el islam o el hinduísmo. Incluso rechazándola la sabe familiar e íntima; incluso odiándola le empapa hasta los huesos.
Algunos que se han hartado de odiarse pero ya no aceptan creer han buscado refugio en un imposible: el «catolicismo cultural», la más patética vía media, la opción de compromiso más inane. Quieren para España un destino similar a la dickensiana Srta Havisham, que vive en su vejez aún enfundada en su vestido de novia, en medio de relojes que se han detenido a la hora en la que le abandonó su prometido al pie del altar.
La fe que hizo a España, que nos hizo, no puede ser un baile de disfraces, ni uno de esos juegos infantiles en que las niñas fingen tomar café de tazas vacías.
Decía Belloc que Europa es la fe, y la fe es Europa. Eso vale doble, triplemente para España. Y en esta Semana sólo puedo mirar a esta España exangüe como espero mirar al Crucificado este Viernes: con la esperanza cierta de que encuentre la salida del sepulcro.
