Aprende a amar la Pepsi
Imagine un mercado en el que la Coca-Cola fuera el único refresco de cola disponible, y usted quisiera comercializar una marca rival. Lo primero que tendría que hacer es diferenciarse o, lo que es lo mismo, dejar claro a los consumidores que su producto no es lo mismo, no es una versión ligeramente diferente de la Coca-Cola, sino algo totalmente distinto. Incluso tendería a la hipérbole en ese distanciamiento, si quiere tener algo que hacer frente a una marca dominante.
Porque, en ese caso, el peligro para su producto es que lo confundan con la otra cola. Por eso no tendría sentido posicionarse frente a los zumos de naranja, porque no existe el menor riesgo de que lo confundan con un zumo de naranja.
Vox no compite con el PSOE. Nadie en su sano juicio va a confundir a Vox con el PSOE, ni siquiera el votante más distraído. Pero sí existe el riesgo real de que el votante perciba a Vox como una variante, quizá más vehemente, quizá más joven, del Partido Popular, el socio ‘junior’.
Si de lo que va la elección es de «echar a Sánchez», la conclusión lógica para muchos electores será que lo más eficaz es concentrar el voto en el partido mayor, más implantado, más conocido. En la Coca-Cola. Para buena parte del electorado, si esa es la meta, tiene más sentido prescindir del competidor menor y apostar por quien parece tener más opciones de lograrlo.
Si Vox quiere ser lo que esperan sus bases tiene que convencer al votante de que la elección no es entre izquierda y derecha, sino entre dos formas radicalmente distintas de entender España, entre quienes aceptan las reglas del juego actuales —en cuestiones tan decisivas como la política migratoria, la agenda climática o la cesión de soberanía— y quien pretende cuestionarlas de raíz; que la alternativa real no es PSOE y PP-Vox, sino entre PSOE-PP y Vox.
Eso exige subrayar lo que separa, no lo que une, marcar distancias con el PP. Y eso es lo más fácil del mundo, porque es real: el Partido Popular Europeo se acaba de alinear con los socialistas, los comunistas y los verdes para criminalizar a Hungría y al Gobierno de Orbán a dos días de las elecciones. Incluso el pepero González Pons presumía de que socialistas y populares votan lo mismo un noventa por ciento de las veces en Europa.
Para los pactos siempre hay tiempo. Pedro Sánchez, por recurrir a un ejemplo vil, no tuvo el menor problema en gobernar con aquellos a los que había presentado como inaceptables durante la campaña: Podemos primero, los nacionalistas después.
Nada de lo que se diga ahora en campaña va a impedir acuerdos después, si los números lo permiten. Pero sí puede influir decisivamente en algo mucho más importante: la fuerza con la que uno se sienta a negociar. Si Vox ha dejado suficientemente claras las diferencias, el PP ya sabrá que no puede ganar el apoyo del partido con unas migajas, sino con concesiones serias.
No hay tiempo. España no puede permitirse otro Gobierno Rajoy, otro periodo de calentarle la silla al PSOE hasta su regreso inevitable y dejarlo todo como estaba en lo sustancial. Hay que entrar a saco y con urgencia, y para eso es necesario que un hipotético PP vencedor sepa desde ya que si quiere gobernar con los votos de Vox tendrá, precisamente, que gobernar, es decir, que adoptar políticas propias y no, como hasta ahora, limitarse a administrar la finca.
