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En el paraíso rural

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01.04.2026

«El término “agrohorror” identifica a un conjunto de ficciones que tiene como escenario específico el mundo rural y que buscan provocar un efecto de inquietud, ya sea por vía fantástica o insólita (lo más habitual), pero también por vía “realista”[…]Una visión de lo rural que no busca su caricatura, pero tampoco ofrece una visión idealizada[…].El agrohorror nos muestra el mundo rural en su más trivial cotidianidad»

«El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos», así hablaba Marco Polo al Gran Kan en Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino; en términos cercanos se pronunciaba Jean-Paul Sartre al sostener que el infierno son los otros, o todavía ciertos aires de familia se dan en ese dicho en euskara que reza: herri txiki, infernu handi (es decir: pueblo pequeño, infierno grande).

Por cierto, no hace mucho veía un reportaje televisivo que daba cuenta del descontento de algunos urbanitas que atraídos por la supuesta paz y el silencio del campo se habían trasladado a él con el fin de vivir más cerca de la naturaleza, no cabe duda de que el atractivo estaba impulsado por algunas postales, o las lindas imágenes de libros de papel cuché, en que dominaba el verde, los riachuelos, con el lindo trinar de unos juguetones pajarillos como banda sonora…mas he ahí que se sintieron defraudados, y expresaban su airada queja, al constatar que allá había cacas de los animales por el suelo, tractores y otras máquinas con sus bramidos…su visión del campo y la naturaleza que me recuerda al personaje cortazariano, el joven Lucas, que veía el campo como allá en donde los pollos andan crudos. En fin, los habitantes del lugar serán de la opinión de que más vale solos que mal acompañados, y…la tierra para el que la trabaja.

Conste que con esta entrada un tanto desabrida no pretendo espantar a nadie, a modo del espantapájaros de la portada del libro, realizada por Fernando Vicente, de ir al campo, de visita o a vivir, simplemente por asociación de ideas y precisamente por combatir las visiones idealizadas, me he dejado llevar ante el último libro de David Roas (Barcelona, 1965), que de él hablo: «Territorios. Apuntes sobre agrohorror», editado en Páginas de Espuma.

La verdad es que hacía tiempo que no leía nada del escritor; anteriormente sí que lo hice con gusto como puede verse en los escritos que incluyo al final de este artículo*. El indiscutible cuentista se va en este ocasión al campo arrastrado por los personajes de los siete cuentos que componen el volumen.

En el gañán entre el centeno, relato con el que se abre el libro, al protagonista le ha caído en suerte, o más bien en desgracia, una casa en el campo como herencia; le agobian las cigarras que no cesan del alborotar provocándole un hondo desasosiego y hasta pesadillas; al que no quería ser labrador que cantaba José Antonio Labordeta, por el rocío matutino, la calor del mediodía y los mosquitos nocturnos, no se le puede aplicar la copla al heredero al que siempre había disgustado ir a aquella casa de su abuela, y que ahora le pertenecía; pensaba que aquello era una herencia-trampa, a modo de venganza por parte de la fallecida por los veranos cargados de discusiones entre ambos. En un campo de centeno, aparece un niño misterioso que desaparece como una exhalación. Más tarde, en la tienda de comestible, Ultramarinos Merceditas, conocerá además de a la dueña del establecimiento a unas señoras que se ríen y se dirigen a él con una descarada sorna. Luego caminó hasta el Bar Venancio…en donde fue recibido con el mismo tono huraño y bromitas acerca del perdido…y el mosqueo ante el hallazgo de una huella solitaria; y el misterioso niño en posición vigilante, convertido en obsesión del escritor heredero, por lo visto con compañía incluida; evanescente figura del niño materializándose y volatilizándose entre las espigas…y la historia increíble de Toñito que le cuentan los paisanos ¿historia real o humor rural?.

Un sujeto que va en busca de un dolmen allá por la Costa da Morte, tras diferentes desvíos en caminos y vericuetos varios, el GPS despistado, con sorpresa se encuentra ante un grupo de hombres disfrazados de ninjas con sus respectivas katanas y bajo la dirección del Senséi de turno, hasta que llegan otros arrastrando a un tozudo cerdo… A matanza do porco, con la banda sonora de Antón Reixas y colegas, es observada por el visitante perplejo convertido en indiscreto espía.

La naturaleza........

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