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La cobertura médica vacía

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Preexistencias, cláusulas espectrales y la privatización contemporánea del desamparo

La tranquilidad tiene hoy la textura de una interfaz. Se compra con un clic, se imprime en vouchers relucientes y se despliega en banners aeroportuarios donde parejas sonrientes atraviesan playas asiáticas o callejuelas europeas sin más inquietud que decidir qué vino pedir al anochecer. “Asistencia global”, “protección integral”, “viajá tranquilo”, “cobertura premium”: letanías publicitarias de un capitalismo que hace tiempo comprendió que el negocio ya no consiste solamente en vender bienes o servicios, sino sedantes emocionales contra el miedo, la fragilidad y el desamparo. Pocas mercancías condensan mejor esa mutación que los seguros y asistencias médicas al viajero –y, en otra escala, buena parte de los sistemas privados de salud–, allí donde la enfermedad deja de ser un derecho socialmente atendido para convertirse en un riesgo administrable según la capacidad de pago.

El viajero no recibe, al contratar, la póliza que regulará efectivamente sus derechos. Obtiene, en cambio, un certificado lustroso, un voucher de diseño amable, una credencial tranquilizadora apta para exhibir en migraciones o guardar en el teléfono como si se tratara de un salvoconducto sanitario global. Las condiciones reales suelen permanecer ocultas, encapsuladas en hipervínculos remotos, disponibles apenas bajo insistencia o sepultadas en cláusulas interminables que casi nadie conoce antes de enfermarse y que se descubren demasiado tarde, cuando la asistencia prometida comienza a evaporarse detrás de tecnicismos, exclusiones y, fundamentalmente, diagnósticos retrospectivos. Bajo esa estética pulida de la protección total se esconde una arquitectura contractual diseñada menos para asistir que para eludir; menos para cuidar que para encontrar, en la letra microscópica de las pólizas, la coartada perfecta para transformar el auxilio prometido en incumplimiento técnicamente justificado.

1. La abolición simbólica de la contingencia

El viajero compra la abolición simbólica de la contingencia. Compra la ilusión de que el cuerpo –esa máquina imprevisible, húmeda, envejecida y caprichosa– permanecerá subordinado al diseño prolijo del itinerario. El seguro no vende solamente atención médica: vende la fantasía de continuidad biográfica. La promesa de que ninguna fiebre, trombosis, bacteria, arritmia o insuficiencia respiratoria interrumpirá el flujo de vuelos, hoteles, fotografías y publicaciones felices en tiempo real. Hasta que, por caso, un pulmón decide recordar que existe.

La escena merece ser narrada lentamente porque contiene, en miniatura y en primera persona, buena parte de la pedagogía moral de nuestro tiempo: la transformación del padecimiento en sospecha, de la fragilidad en culpa y de la necesidad de auxilio en un expediente sometido a verificación contractual.

2. Cuando el cuerpo irrumpe fuera de protocolo

Montevideo. Finales de diciembre. Primeros síntomas respiratorios. Un certificado de cobertura emitido por Chubb –corporación tan omnipresente como desconocida para quien cree estar activando apenas un beneficio bancario –asociada meses atrás por el Banco Santander para usuarios de Visa Signature Black–, ofrecía poco más que un voucher automático obtenido al cargar fechas desde el celular y un teléfono en Estados Unidos para llamar desde el “resto del mundo”. Ningún número uruguayo. Ninguna derivación local. Ninguna lógica sanitaria reconocible. Solo una numeración internacional extraviada en el laberinto burocrático de las corporaciones globales.

Cuando el malestar comenzó a insinuarse detrás de un cuadro gripal todavía difuso, intenté averiguar por correo electrónico el mecanismo concreto para acceder a la asistencia prometida. La respuesta automática informó que las consultas serían atendidas únicamente en días y horarios laborables, franja temporal que, al parecer, virus y bacterias respiratorias deberían respetar con disciplina administrativa para no alterar los horarios de las empresas dedicadas al auxilio médico internacional.

Pero pareciera que ciertos deterioros físicos resultan algo inoportunos para las oficinas cerradas. Disnea. Sensación de asfixia. La respiración transformada en un trabajo agotador. Entonces comenzó el verdadero viaje: no por ciudades ni paisajes, sino por el interior administrativo del capitalismo financiero contemporáneo.

El número de emergencia estadounidense remitía a un menú general de Visa donde coexistían, con una serenidad casi humorística, opciones para pérdida de tarjetas, adelantos de efectivo o consultas comerciales mientras el cuerpo intentaba simplemente incorporar oxígeno ( 1 (303) 967-1098: cualquier lector fuera de Estados Unidos puede comprobarlo). Hay algo obscenamente revelador en esa escena. El pasajero hiperventila mientras la máquina pregunta si desea bloquear un plástico extraviado.

Y acaso allí resida una de las claves de época: el capitalismo logró desarrollar sistemas extraordinariamente sofisticados para administrar operaciones financieras instantáneas, pero profundamente rudimentarios cuando la materia viva irrumpe fuera de protocolo. Mientras el dinero circula a velocidad instantánea, el cuerpo enfermo queda atrapado en bucles telefónicos, bots, formularios y derivaciones infinitas que, incluso cuando finalmente conducen a una opción de asistencia humana, suelen concluir del modo más contemporáneo posible: la llamada se interrumpe.

La cobertura existe, sobre todo, mientras no se la necesita. Tras horas de intentos fallidos desde distintos teléfonos, sean de línea o celulares, no hubo asistencia alguna. Ningún médico. Ninguna coordinación. Ninguna derivación. Ninguna llamada efectiva. Las comunicaciones se interrumpían invariablemente después de atravesar el catálogo completo de opciones financieras y alcanzar, finalmente, el menú destinado a la asistencia médica.

El “servicio premium internacional” terminó consistiendo en un taxi autogestionado hacia el Hospital de Clínicas, hospital público de la Universidad de la República (pública, gratuita y cogobernada), donde sí hubo oxigenoterapia, antibióticos, corticoides, laboratorio y radiografías; es decir, atención concreta, aunque no exenta de esperas, incomodidades e infraestructura precaria y sobredemandada. La paradoja resultaba difícil de ignorar: mientras el dispositivo financiero privado globalizado ofrecía menús automatizados y promesas abstractas de cobertura planetaria, la respuesta efectiva provenía de una institución pública sostenida colectivamente y muchas veces despreciada por quienes celebran la supuesta eficiencia superior de los mercados. Allí aparecía una de las contradicciones más reveladoras de época: cuanto más sofisticadas se vuelven las........

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