Poder, libertad y revolución social: una crítica anarcosindicalista de Tomás Ibáñez
El libro Poder y libertad, publicado por Tomás Ibáñez en 1982, merece una lectura crítica que vaya más allá de la aceptación o el rechazo global de sus tesis. Se trata de una obra que plantea cuestiones importantes para la reflexión libertaria: la naturaleza del poder, su presencia más allá de las instituciones estatales, las relaciones entre libertad y organización y el peligro de que las propias estructuras creadas para combatir la dominación terminen reproduciéndola bajo nuevas formas.
Nada de esto debería resultar ajeno a la tradición anarquista. El anarquismo histórico nunca redujo la dominación exclusivamente al Estado ni ignoró las múltiples formas de autoridad que atraviesan la sociedad. La crítica libertaria se dirigió contra el poder político, la explotación económica, la jerarquía, la subordinación religiosa y todas aquellas instituciones que convertían a unos seres humanos en gobernantes y a otros en gobernados.
Sin embargo, el reconocimiento de la pluralidad de las formas de dominación no obliga a renunciar a una distinción esencial: no todas las relaciones de poder poseen el mismo origen, la misma función social ni la misma importancia histórica. La dominación capitalista no constituye simplemente una relación de poder más entre otras. Organiza materialmente la existencia de millones de seres humanos y se encuentra sostenida por un conjunto de instituciones políticas, jurídicas, policiales e ideológicas que garantizan su reproducción.
Mi crítica de Tomás Ibáñez parte, por tanto, de una tradición específicamente anarquista: la del anarquismo obrero, el sindicalismo revolucionario y el anarcosindicalismo. Se trata de examinar hasta qué punto determinadas tesis de Ibáñez implican una ruptura con una de las corrientes históricas fundamentales del propio movimiento libertario.
El anarquismo obrero no entendía la emancipación como una liberación puramente individual ni como una suma indefinida de resistencias particulares. Partía de una realidad elemental: quienes sufrían la explotación capitalista debían organizarse autónomamente para combatirla y abolir las condiciones sociales que la hacían posible. De ahí surgieron las asociaciones obreras, las sociedades de resistencia, las federaciones, los sindicatos revolucionarios y, finalmente, las grandes organizaciones anarcosindicalistas.
La Federación de Trabajadores de la Región Española, Solidaridad Obrera y la CNT no fueron simples agrupaciones de individuos unidos por una filosofía abstracta de la libertad. Fueron organizaciones nacidas de la experiencia de la explotación, de la solidaridad entre trabajadores y de la necesidad de dotarse de instrumentos colectivos de defensa y lucha.
Éste es el punto de partida de mi crítica.
La cuestión no consiste en negar la existencia de múltiples relaciones de dominación. Consiste en preguntarse qué sucede cuando la necesaria ampliación de la crítica libertaria al poder concluye disolviendo la especificidad de la explotación capitalista, de la lucha de clases y de la organización autónoma de los explotados.
El desplazamiento de la explotación hacia una teoría general del poder
Tomás Ibáñez rechaza la identificación del poder con el Estado y subraya que las relaciones de poder atraviesan el conjunto del cuerpo social. La familia, la escuela, las instituciones y las relaciones cotidianas pueden constituir espacios en los que se producen mecanismos de subordinación y dominación. Esta observación, por sí misma, no contradice en absoluto la tradición anarquista.
Ibáñez formula esta concepción en términos particularmente explícitos cuando afirma que «hallamos efectos de poder en todos los lugares, en todos los intersticios del tejido social sencillamente porque el poder es coextensivo con el cuerpo social» y que éste «nace, brota, existe en cualquier fragmento del tejido social». La observación permite, sin duda, ampliar la crítica libertaria más allá de la exclusiva identificación entre poder y Estado. Pero plantea también el problema central de este artículo: si el poder se convierte en una categoría coextensiva a la totalidad de lo social, ¿cómo evitar que la explotación capitalista, la división de clases y las instituciones específicamente encargadas de reproducirlas queden diluidas en una multiplicidad indiferenciada de relaciones de poder?
Una sociedad libertaria no podría limitarse a abolir el aparato estatal y dejar intactas todas las demás relaciones de autoridad. La destrucción formal del Estado no garantizaría automáticamente la desaparición de las jerarquías, de la burocracia, de la subordinación económica ni de las formas de dominación que pudieran reproducirse en el seno de una sociedad surgida de una revolución.
El propio anarquismo conocía perfectamente ese problema. Su crítica del Estado nunca fue exclusivamente institucional. Precisamente por eso resulta necesario preguntarse si una teoría general del poder permite comprender mejor la dominación capitalista o si, por el contrario, termina por diluir sus características específicas.
Ibáñez recoge, en su reflexión sobre el origen del poder y de las clases, una concepción según la cual la relación política de poder precede y fundamenta la relación económica de explotación, de modo que la aparición del Estado determinaría el surgimiento de las clases. La importancia de esta inversión no es menor.
Desde una perspectiva anarquista y anarcosindicalista, el problema no consiste en establecer una prioridad metafísica entre «lo político» y «lo económico». El Estado y el capital no constituyen dos realidades independientes que puedan analizarse por separado. Forman históricamente un sistema de dominación dentro del cual la explotación económica y la coerción política se sostienen mutuamente.
El anarcosindicalismo no luchó contra el patrón olvidando al Estado, ni combatió al Estado ignorando la explotación. La acción directa, la huelga, el boicot, el sabotaje y la organización obrera constituían instrumentos dirigidos simultáneamente contra un sistema económico y contra las instituciones políticas que lo protegían.
Cuando la explotación queda absorbida por una teoría general del poder aparece el peligro de que las diferencias entre las distintas formas de dominación se vuelvan cada vez menos precisas. El trabajador puede pasar a ser considerado simplemente como uno más entre los múltiples sujetos sometidos a relaciones de poder. El sindicato revolucionario deja de aparecer como una organización surgida de una posición común dentro de la sociedad y se convierte en una forma histórica más, sometida a la sospecha general que recae sobre toda estructura organizada.
De este modo, la crítica legítima de las burocracias, de las jerarquías y de las organizaciones autoritarias puede transformarse en una desconfianza indiscriminada hacia la propia organización colectiva de la clase obrera.
Éste es uno de los puntos en los que considero necesario separar la crítica libertaria del poder de ciertas derivaciones posteriores de la teoría del poder. El anarquismo no nació como una filosofía de la dispersión ni como una celebración de la impotencia individual frente a las grandes instituciones sociales. Nació, entre otras razones, de la necesidad de que los explotados se organizaran sin intermediarios y sin dirigentes profesionales para combatir el capital y el Estado.
La organización podía degenerar, y la historia del movimiento obrero ofrece innumerables ejemplos. Pero el peligro de la burocratización no conducía necesariamente a la conclusión de que los trabajadores debieran renunciar a toda forma estable de asociación. El problema consistía, y sigue consistiendo, en encontrar formas de organización capaces de impedir la separación entre quienes deciden y quienes sufren las consecuencias de esas decisiones.
El proletariado no ha desaparecido: se ha mundializado
Esta discusión adquiere una importancia todavía mayor cuando se plantea la supuesta desaparición del proletariado.
Aquí conviene introducir una precisión histórica indispensable. Poder y libertad fue publicado en 1982, por lo que no sería riguroso exigirle un análisis de procesos que solo adquirirían su verdadera magnitud en las décadas posteriores. Sin embargo, esta distancia histórica permite advertir también sus límites eurocéntricos y la progresiva obsolescencia de algunas de sus tesis. La acelerada industrialización de China, la consolidación de las cadenas globales de........
