Más se perdió en Cuba
Trump insiste en mencionar una posible "toma de control amistosa de Cuba"
En aquellos lejanos tiempos de la Transición, cuando no estábamos habituados a las encuestas, se hizo una acerca de la percepción de países enemigos de España. Ganó Marruecos, consolidando una trayectoria mutuamente alimentada por el recuerdo de los horrores del Gurugú, la Guardia de Franco y el hostigamiento a “nuestras plazas de soberanía”; todo a la vez, que de eso, y de mucho más, era capaz el Régimen nacional-católico-musulmán. Pero la sorpresa llegó con el segundo. Quizá alguno esperara la Francia descastada de Napoleón o la Gran Bretaña que nos sigue robando Gibraltar. Pues no: nuestro segundo enemigo favorito resultó ser EE. UU.
Y ahora es cuando, harto de escuchar a unos y a otros sus suspiros y admirar sus mohines de infinito patriotismo, me he levantado y he buscado una nómina que conservo de mi abuelo en la Guerra de Cuba. Resulta que el 20 de noviembre de 1897, en Cienfuegos, a mi antepasado se le pagó la soldada, como 2º Teniente -era fama familiar que concluyó como capitán- del Tercer Batallón del Regimiento de Infantería Alfonso XIII. Al bueno de Paco, en esa fecha tan premonitoria, le correspondían 90 pesos con 45 céntimos; sin embargo, diversos descuentos dejaron la cosa en 34 pesos y 67 céntimos. Para que luego se quejen algunos de exceso de retenciones. La más curiosa corresponde a los 82 céntimos descontados en concepto de “música”.
Mi abuelo murió mucho antes de que yo naciera y su paso por los frentes no debió ser muy dramático, porque se contaban de él aventuras insustanciales, y su mujer, mi abuela, repetía que no le extrañaba haber perdido la guerra si todos eran tan valientes como su esposo, que cuando había tormenta se metía debajo de la cama. Nada parecido a los recuerdos de los horrores de la Guerra Civil, a los bombardeos, batallas y campos de concentración de mi padre y mis tíos. Y no digo que lo de Cuba fuera moco de pavo, que entre las enfermedades y el honor, fue una mortandad innecesaria, estúpida, al servicio suicida de algunas élites. En Marruecos pasó algo parecido.
Pero la memoria circula por vericuetos muy extraños y en la mente colectiva se quedó embarrancado EE. UU.: matones, abusadores y traicioneros, que nos tiraron de nuestro resto imperial. Por supuesto con su superioridad técnica frente a nuestro valor de barcos de madera. Y allá que fue la plana mayor de las letras, constituidos en generación de las penas, a lagrimear y a no saber exactamente por qué lloraban.
No sé qué pensó mi abuelo. Se acordaría de la música. Al parecer, el dicho “Más se perdió en Cuba” se completaba a veces con “…y volvieron cantando”, o “…volvieron silbando”. Hay zarzuelas de ambiente aragonés en que salen recios mozos emocionados al ver el Pilar, regresando de las Antillas entre tonantes jotas y alegres pálpitos de amor. Los españoles somos así. Nada nos pone más que una buena derrota. Por eso hemos tenido mucha afición a las guerras civiles: pase lo que pase, una parte, al menos, pierde.
Lo que pasa es que la memoria se entrevera con las victorias exultantes de EE. UU. en las guerras mundiales, sobre todo en la segunda. A mí, una de las cosas que más me fastidian de Trump es que ya no podremos ver las pelis antiguas con la misma prestancia de ánimo. Al fin y al cabo, es muy dudoso que en su presidencia se hubiera atacado a Hitler. No se hubiera rodado ni “El día más corto”. A los indios sí se les hubiera podido masacrar en tecnicolor, pero hasta John Wayne sería un dudoso izquierdista. Y cuando en una de estas le de por retomar lo de Vietnam, “Apocalypse now” será adecuadamente prohibida, y la serie de películas que se dieron a la introspección sobre el imperialismo americano. Y “Solo ante el peligro” o “Matar a un ruiseñor”. Trump, entre otros destrozos, está desgarrando la memoria sentimental y moral de nuestra infancia y juventud, adquirida en películas. Hubo un cine en que no todos eran buenos o malos. Pero a veces, gozosamente, sí podías entender enseguida quién era quién. Temblando estoy de que no decrete cambiar el final de “Sonrisas y lágrimas” para que el Capitán Trapp se apunte a la armada del III Reich.
Así que estamos desvaídos, sin saber muy bien a quién entregar nuestro entusiasmo en esta guerra tan rara. Aunque, bien pensado, últimamente todas las guerras son raras: entre el genocidio sin gloria que convierte a los militares en carniceros y la pirotecnia con IA incorporada. Entusiasmo no tenemos. Si acaso por defender la paz en general, como quien defiende el aire. Pero algunos nos lo quieren quitar también. Es inservible, dicen. Lo mejor, dicen, sería estar así como quien no quiere la cosa, calladitos para que el Gran Jefe no se enfade demasiado y a Rutte y a Úrsula no les de por meterse debajo de la cama. No tenemos para fanfarrias. Quizá se nos permita la rabia contenida. Y con eso no está claro cómo hacer política.
No me extrañaría que lo próximo fuera Cuba. Para acabar de una vez con la postrada dictadura, o para consolidarla, a cambio de alguna golosina que aproveche a los amigos de la Casa Blanca. Entonces propondré que le hagan un monumento a mi abuelo, que, en realidad, nunca fue militar, sino oficinista, al parecer simpático y bromista; muy poco heroico. Lo normal, vamos. Y cuando se ataque a Cuba, el Gobierno dirá lo que dice en estos casos y otros dirán que se le hace un favor al Presidente, tan dado a la paz, el pobre. Pero como Trump siga así no va a quedar sitio en el mundo donde gobernar. Así que sugiero que, ante cada desastre, ante cada matanza, Pedro Sánchez se limite a decir: “Más se perdió en Cuba”, y aquí paz y allá gloria. Le acusarán igual, pero por cualquier otra cosa.
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