Ave del paraíso
Fue a principios de año cuando compré un ave del paraíso. Me gusta emplear el término coloquial para nombrar a esta pequeña planta que decora mi salón, aunque su nombre según la nomenclatura botánica sea Strelitzia reginae, apodo que destila mucho menos ornamento y gracia que el que suelo utilizar con frecuencia. Parece ser que recibe este nombre porque las exóticas flores de esta planta recuerdan a la cabeza de un ave tropical, pues de sus afiladas hojas en forma de punta surgen sépalos blancos, rojizos o azules, que protegen los pétalos y simulan la cresta de un ave de pequeño tamaño. Todavía no he tenido la suerte de presenciar este fenómeno, pero todas las semanas riego mi planta y abro las persianas para que se cuele por la ventana la fría luz de invierno, luz con la que no le queda más remedio que conformarse.
Esta planta fue el primer objeto que compré para decorar el piso en el que estoy viviendo durante este año. Luego ya vendrían las sartenes, mantas y algún que otro elemento que faltaba y que resulta imprescindible para una vida de lo más común y anodina. Fue mi primera posesión como tal, y de la que tengo menos claro que sucederá con ella cuando finalice mi contrato en junio con la llegada de las vacaciones de verano. En mi casa familiar no hay espacio para ella. Me la compré a sabiendas, pues tener un ave del paraíso en mi salón se convirtió en una necesidad de primera orden, y no sólo por seguir esa moda de pisos con estética moderna que nos venden continuamente las redes sociales, sino por un motivo más profundo: para considerar lo que realmente no........
