El regreso de la historia
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CompartirRecordemos que cuando Gorbachov derrumbó el Muro de Berlín, apareció el señor Fukuyama, un tío listo de Chicago, y vino a decir que la película ... de la Historia había encontrado el final perfecto. Un final propio de una película de Frank Capra, que era un optimista patológico y aficionado a esa cursilería abrigada, que tanto le ponía a Ortega. La Guerra Fría agonizaba y la probabilidad de una guerra nuclear se había reducido a bajo cero, por exagerar un poco.
Todos los analistas políticos y sociológicos de la época escribieron que por fin el mundo podría dedicarse tranquilamente a la producción, al comercio y al fútbol, ya que el crepúsculo de las ideologías de don Gonzalo Fernández de la Mora felizmente iluminaba el horizonte. La democracia y el libre comercio, liberados por fin de la amenaza de la pólvora, iban a ser las bases de un nuevo orden que llevaría al mundo hacia su civilización definitiva.
Las bibliotecas desempolvaron el libro de Erasmo de Róterdam, no «El elogio de la locura», aunque siempre venga bien darle un buen repaso, sino el «Querela pacis», donde nos dice que la guerra es un mal destructivo y contrario a las enseñanzas de Cristo. Claro que las guerras antiguas eran otra cosa, pues desprendían algo así como un tufillo romántico y servían para dar a los jóvenes una oportunidad de demostrar su gallardía en el campo de batalla. Incluso los poetas afilaban sus versos y ahí están esos poemarios para gloria y sustento de la literatura universal. Desde Homero, un suponer, hasta Lord Byron, que luchó por la independencia griega contra la morería del Imperio Otomano.
La caída del Muro, pues, nos devolvió la esperanza de un futuro en plan viajante de botones, familias numerosas, el utilitario a plazos, la playa hortera de Benidorm, el derecho hipotecario y la canita al aire en alguna de las saunas de don Sabiniano Gómez, un español que dedicó su vida a situar al viandante en el lado más placentero del paraíso; y a su yerno, claro, al otro lado de la ley, según se va hacia Soto del Real.
Sin embargo, los tenderos americanos, que jamás leyeron la obra de Fukuyama, resulta que necesitaron vender armas por culpa de las necesidades del negocio, ordenando a los guripas de la CIA que les organizaran unas cuantas guerras de bloque bajo, como ahora dicen los entrenadores de fútbol, para dar salida a buena parte de la mercadería que se apilaba en sus almacenes. Una medida higiénica, en el fondo, para que el óxido, la carcoma y las ratas del Pentágono no arruinaran la ferralla bélica, que con sangre, sudor y lágrimas había sido fabricada por mor de la seguridad nacional y el ukelele de Marilyn Monroe.
Comentamos en un artículo anterior varias teorías geopolíticas, que tratan de interpretar las entrañas de este nuevo error organizado por los americanos. También dijimos que resulta vomitivo que esta calamidad mundial sea utilizada por un gobernante como estrategia electoral. Me refiero, claro, a Sánchez y su banda de asesores, que en vista de los fracasos obtenidos en comicios anteriores, ahora se piensan que un «No a la guerra», maldita sea, puede recuperar antiguos esplendores, como cuando Aznar puso las espuelas de vaquero ocasional sobre la mesa del té de la luna de agosto.
O sea que hay que desempolvar el libro de Clausewitz, «Sobre la guerra», y enterrar durante algún tiempo el de Fukuyama, al menos hasta que Trump deje de aparecer con traje azul marino y gorrita de béisbol, que es la señal inequívoca de la decadencia de Occidente y el fracaso de la labor civilizadora de George Brummell y su dandismo de sastrería y temblores líricos. Digamos que Trump es Atila a las puertas de Roma, pero con la gorra de Lou Gehrig y la foto de Sánchez en la cartera. Como en los misiles iraníes.
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