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Irán: más que una Guerra

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23.03.2026

Cuando Estados Unidos e Israel atacaron Irán en febrero de 2026, la lectura fue un episodio entre dos países que se detestan por décadas, un escenario conocido y un resultado predecible. Pero lo que ocurrió fue la activación de una arquitectura de intereses convergentes cuyos resultados benefician a China y Rusia. Se activaron dos vectores paralelos. Una guerra energética en el Estrecho de Ormuz, por el que pasa el 20 % del petróleo mundial, cerrado para Occidente, pero no para China. Seguimiento de buques en tiempo real muestra el tráfico de barcos con bandera iraní y china. Sin acuerdos explícitos ni rastros diplomáticos, los flujos favorecen a China. El barril de petróleo, superando los 126 dólares, representa decenas de millones diarios para Rusia gracias al levantamiento temporal de sanciones de la administración Trump, para calmar los mercados. La guerra subsidia la economía de Putin. El segundo vector transcurre bajo tierra. Existe una cadena donde Rusia desarrolla tecnología de misiles, la transfiere a Corea del Norte para adaptarla y luego la comparte con Irán. Una red que el científico pakistaní Abdul Qadeer Khan construyó para proliferar tecnología nuclear. Irán la despliega en combate contra objetivos reales, las mejores defensas de Occidente. Rusia observa resultados, actualizando manuales tácticos sin gastar interceptores. Un laboratorio de guerra donde Irán paga el experimento, Rusia y China se llevan los datos. El ataque a la base norteamericana Diego García, a 4.000 kilómetros de Irán, reveló el alcance del sistema, distancia que abarca Europa central y supera los 2.000 kilómetros de la doctrina iraní. Irán no tiene inteligencia de targeting para orientar misiles hacia una base a mitad del Océano Índico, capacidad satelital rusa o china suministrada sin tratados. Ambos vectores se potencian mutuamente. El estrecho amenazado disparó el precio del petróleo que financia la producción de drones y misiles rusos y chinos. Irán los despliega para bloquear el estrecho. Estados Unidos gasta interceptores 200 veces más caros para contenerlos. Cada Patriot disparado dejará de defender Taiwán, Ucrania o Europa. La aritmética es despiadada: Rusia produce hasta mil drones Geran diarios. Estados Unidos produce 500 interceptores Patriot anuales y la guerra consume lo que Estados Unidos tardará años en reponer. Irán no actúa como actor racional. Ha visto morir al líder supremo, instalaciones destruidas, perdiendo comandantes militares. No calcula consecuencias de largo plazo: ataca a amigos y enemigos, el estrecho bloqueado perjudica a aliados y a sí mismo. Conserva solo capacidad para destruir. Un Irán con acceso proxy a capacidades nucleares de Corea del Norte o Pakistán sería el más peligroso de los escenarios. No porque Teherán usaría las armas nucleares, sino porque son actores sin inhibiciones institucionales. Europa rechaza seguir a Trump en Irán por considerar que alinearse con una administración que amenaza con aranceles, reclama Groenlandia y llama “cobardes” a aliados no produce beneficios, erosiona una alianza construida por décadas. El mundo que emerge no es una Guerra Fría con bloques claros y reglas de contención. Es un mundo donde misiles de largo alcance convencionales difuminan el umbral nuclear sin cruzarlo, drones baratos hacen obsoletas plataformas caras, el petróleo sigue siendo el combustible de las guerras y las dos potencias beneficiadas observan administrando palancas en silencio. No es que Occidente vaya a perder. Es que gasta recursos, cohesión y credibilidad en una guerra que beneficia a sus adversarios.

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