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El regreso de Portales. Por Cristóbal Bellolio

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13.03.2026

Aunque el referente de Jaime Guzmán era Jorge Alessandri, ese viejo austero que decidió no habitar La Moneda porque vivía a dos cuadras, José Antonio Kast eligió la figura de Diego Portales para revestir de significado su ingreso al palacio presidencial como inquilino permanente.

 Se acabó la joda. Camisa adentro y bien peinados. Corbata para los hombres y sobriedad para las mujeres. Gobernar no es chacota. No tiene por qué ser cool ni ondero. No buscamos gente linda vestida de Brook Brothers -como la que acompañó a Piñera- ni hípsters tatuados haciendo el corazón coreano -como los que acompañaron a Boric. En el nuevo ciclo portaliano se exige disciplina y formalidad. La venganza de los nerds en todo su esplendor.

José Antonio Kast llegó a La Moneda marcando un contraste feroz con la administración saliente en todas las dimensiones posibles. La estética, para comenzar. De los símbolos mapuches y los colores de la diversidad sexual pasamos a las pancartas de Jesús y las banderas estadounidenses mezcladas entre las chilenas. Hace cuatro años hablábamos de refundar Carabineros y ahora los uniformados son el alma de la fiesta. Boric salía al balcón en soledad porque la compañera no concebía personificar un rol de género tradicional, y ahora Kast sale corcheteado a la primera dama haciendo arrumacos de familia bien constituida.

Pero la dimensión estética revela coordenadas normativas más profundas: hacia dónde se dirige -y qué trasmite- el ejercicio del poder.

Si Piñera desplegaba una narrativa orientada fuertemente hacia el progreso, mirando siempre hacia el futuro con ese optimismo de locomotora hiperkinética, y Boric centraba su discurso en la idea de justicia, tanto en la dimensión de la redistribución como del reconocimiento, Kast configuró su primera alocución pública en torno a dos conceptos: orden y autoridad.

El propio presidente ligó estos conceptos al legado portaliano. Hoy, sugirió Kast, reina el caos. Él viene a poner orden, en el más vasto sentido de la palabra. Orden público, sin duda, que comprende seguridad en las calles, combate al crimen organizado, control de la inmigración ilegal, y mano dura en la Araucanía. La firma televisada de sus primeros decretos busca escenificar esa prioridad.

Luego, orden financiero, porque su entorno insiste en que el gobierno saliente no sólo fue desprolijo, sino despilfarrador y a ratos manilargo. Aunque Chile sea el país menos corrupto de la región, el presidente presentó la enfermedad como casi terminal. Pocas veces un vocablo tan matapasiones como “¡auditoría!” había sido entonado con tanto entusiasmo por una multitud.

Finalmente, orden en la cotidianeidad. Kast no promete grandes reformas ni transformaciones estructurales, esas que se diseñan de arriba hacia abajo por sesudos intelectuales. Kast quiere que la gente común y corriente comience a poner de su parte: que se levante temprano, pague la micro, haga las tares, se coma toda la comida y se abstenga de hacer leseras. No pide excentricidad Milliana sino circunspección Victoriana.

La idea de orden se funde en la mentalidad del presidente Kast con el principio de autoridad. Otra vez Portales: la institucionalidad chilena debe fundarse sobre una autoridad férrea, centralizada e impersonal. De lo contrario se escapan las cabras pal’ cerro. Llegó la hora de volver a respetar a los que mandan, desde las fuerzas de la ley hasta los profesores en el aula, pasando por el mandamiento de honrar padre y madre.

Este discurso recuerda la célebre alocución de Nicolás Sarkozy criticando el legado cultural que significó mayo del ’68 para la sociedad francesa. Mucha imaginación al poder, prohibido prohibir y playa bajo los adoquines, pero mucha flojera, relativismo moral y debilitamiento de los valores tradicionales.

Piñera intentó en algún momento emular al presidente galo -hoy caído en desgracia-, pero siempre tuvo algo de peluseo creativo, lo que le impidió ajustarse con estrictez al guion. Kast, en cambio, con su tono plano -desesperantemente plano- y actitud pasivo-agresiva, está mejor aspectado para lamentar los males de la modernidad e invocar con nostalgia un pasado donde las cosas se hacían bien. En ese relato, octubre de 2019 funciona como nuestro mayo del ’68.

Aunque en las últimas semanas se ha debatido si restituir al general Baquedano en Plaza Italia marca el final simbólico del ciclo refundacional que inició el estallido social, es la invocación de la herencia portaliana, en torno a las ideas de orden y autoridad, el hito que inaugura el ciclo restaurador.

Aunque el referente de Jaime Guzmán era Jorge Alessandri, ese viejo austero que decidió no habitar La Moneda porque vivía a dos cuadras, José Antonio Kast eligió la figura de Diego Portales para revestir de significado su ingreso al palacio presidencial como inquilino permanente. A falta de rojo amanecer, los mal pensados dirán que ahora cae el peso de la noche.

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