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Racismo "a granel" en el pacto extremeño

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17.04.2026

Justo cuando la extrema derecha es desbancada del poder en Hungría con un gran efecto dominó, Vox decide hacer una exhibición de fuerza que el PP le compra con profesión explícita de fe ultra. Los húngaros han tenido 16 años para sufrir las políticas neofascistas y hartarse al punto de obviar cualquier otra cosa que no fuera echar a Orbán. No le van tampoco las cosas demasiado bien, precisamente, al gran motor del desasosiego actual que es Donald Trump. Y se está demostrando que el presidente estadounidense es ya un lastre para los partidos de ultraderecha europeos. Más aún, algunos medios internacionales lo califican de “tóxico”.

El contexto no favorece, pues, a Vox en absoluto. Con Orbán desaparece una poderosa fuente de financiación para ellos. Encontrarán otra, sin duda, al menos mientras las fuerzas que promocionan los fascismos lo sigan viendo rentable, pero ha de buscarse las castañas de nuevo para llenar ese capítulo esencial. Y, en estas circunstancias, Vox se lanza en plancha a demostrar quiénes son. España tuvo, retuvo y olvida su pasado rotundamente fascista. Y no está erradicado. La policía parece tolerar la violencia que empieza a desplegar Vox en las calles, con efectivos que usan armas ilegales como acaba de ocurrir en Granada en un suceso en extremo preocupante que compete al Ministerio del Interior aclarar y erradicar sin demora


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