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Cuando el espacio público invade la tranquilidad: ruido, ciudad y derecho a habitar

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03.03.2026

Por estos días, Cartagena celebra con entusiasmo la inauguración de la nueva Plaza de Variedades, impulsada por la administración del alcalde Dumek Turbay como parte del renovado entorno del Parque Espíritu del Manglar. El proyecto, sin duda, busca revitalizar el espacio público y dinamizar la vida urbana; sin embargo, toda transformación urbana debe medirse no solo por su impacto estético o turístico, también por sus efectos sobre quienes habitan el territorio.

Hoy, residentes de sectores históricamente residenciales como El Cabrero empiezan a experimentar una realidad preocupante: el aumento significativo del ruido derivado de las actividades que allí se desarrollan.

Cartagena ha sido siempre una ciudad vibrante, sonora y viva; pero existe una diferencia entre la vitalidad cultural y la contaminación auditiva. La amplificación constante de música, eventos nocturnos y actividades sin una clara regulación de horarios ni niveles de sonido está alterando el derecho básico al descanso de comunidades que durante décadas han coexistido en equilibrio con su entorno.

Un millón de colombianos

No se trata de oponerse al espacio público ni al desarrollo urbano. Se trata de preguntarnos:

¿Puede el progreso urbano justificarse si deteriora la calidad de vida de quienes viven alrededor?

Esta inquietud se vuelve aún más relevante ante las propuestas de nuevas canchas deportivas en el proyectado Malecón del Mar. Si no se planifican con criterios acústicos y de convivencia urbana, estas infraestructuras podrían convertirse en nuevos focos permanentes de ruido en una ciudad que ya enfrenta altos niveles de bullicio estructural.

Cartagena necesita espacios de encuentro, sí; pero también necesita preservar sus espacios de sosiego.

El desarrollo urbano contemporáneo exige equilibrio: entre turismo y residencia, entre espectáculo y descanso, entre dinamismo y habitabilidad.

La pregunta no es si debemos construir ciudad.

La pregunta es: ¿qué tipo de ciudad queremos construir?

Una donde el espacio público una sin invadir.

Una donde la cultura conviva con el silencio.

Una donde vivir no signifique resistir el ruido.

Hoy más que nunca Cartagena debe debatir el impacto acústico de sus nuevas intervenciones urbanas, antes de que el entusiasmo por la activación del espacio público termine desplazando, no físicamente, pero sí emocionalmente, a quienes han hecho de estos barrios su hogar.

Porque el derecho a la ciudad también incluye el derecho a la tranquilidad.


© El Universal