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Un Congreso fragmentado y decisivo para el futuro energético de Colombia

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12.03.2026

Las elecciones legislativas del 8 de marzo dejaron un mensaje claro para el país: el nuevo Congreso será plural, fragmentado y tendrá la obligación de construir acuerdos. Los resultados preliminares muestran al Pacto Histórico como la principal fuerza del Senado con cerca del 22 % de los votos y alrededor de 25 curules, seguido por el Centro Democrático con cerca de 17, mientras que partidos tradicionales como el Liberal y el Conservador mantienen bancadas relevantes que serán determinantes para formar mayorías.

Esta configuración confirma una tendencia de la política colombiana: ningún bloque tendrá control absoluto del Legislativo. En consecuencia, la agenda del próximo cuatrienio dependerá menos de mayorías ideológicas y más de la capacidad de articular consensos entre sectores progresistas, fuerzas de centro y partidos tradicionales.

En materia energética, el Congreso que inicia funciones enfrentará uno de los debates más complejos de las últimas décadas: cómo equilibrar transición energética, seguridad de abastecimiento y competitividad económica (inversión). El Pacto Histórico, fortalecido en el Senado, probablemente mantendrá una narrativa enfocada en acelerar la transición hacia energías renovables y reducir la dependencia de los hidrocarburos. Sin embargo, las bancadas de oposición y centro donde se concentran buena parte de los partidos tradicionales han defendido una visión más pragmática que prioriza la autosuficiencia energética, la estabilidad fiscal y la continuidad de la industria extractiva, alineada con el nuevo orden geopolítico.

En este contexto, el Congreso será el escenario donde se defina el verdadero ritmo de la transición energética colombiana. La correlación de fuerzas sugiere que las posturas más radicales de cualquier extremo difícilmente prosperarán sin ajustes o consensos amplios.

Desde una perspectiva legislativa, al menos cinco grandes temas marcarán la agenda del sector:

Primero, la seguridad energética y el abastecimiento de gas natural. El país enfrenta el desafío de garantizar reservas suficientes y ampliar la infraestructura para evitar déficits en la próxima década.

Segundo, la actualización del marco regulatorio para la exploración y producción de petróleo y gas, incluyendo incentivos a la inversión y claridad jurídica para nuevos proyectos, incluyendo los yacimientos no convencionales.

Tercero, la reforma al sistema de regalías y su articulación con el desarrollo regional, un tema que inevitablemente volverá al debate ante la presión fiscal y territorial. Esto acompañado de una respuesta eficiente a las consultas previas que hoy tienen en vilo a la mayoría de los proyectos.

Cuarto, el impulso a la minería estratégica especialmente cobre y minerales para la transición energética bajo estándares ambientales más exigentes.

Y quinto, la consolidación de una política integral de transición energética que combine renovables, gas natural como combustible de respaldo y electrificación progresiva de la economía.

Y la ñapa, una solución definitiva para el Caribe Colombiano. La deuda de Aire con el sector eléctrico es una bola de nieve que crece sin parar y es comparable con una reforma tributaria.

La lectura política de estas elecciones sugiere que el Congreso no será un simple espectador del debate energético. Por el contrario, su composición diversa lo convierte en el verdadero árbitro entre visiones contrapuestas del desarrollo energético del país.

En ese equilibrio estará la clave: avanzar hacia una transición energética responsable sin comprometer la seguridad energética, la competitividad industrial ni los ingresos fiscales que aún dependen, en gran medida, del petróleo, el gas y la minería.

Más que un Congreso de mayorías, Colombia tendrá un Congreso de acuerdos. Y en el sector energético, esos acuerdos serán decisivos para definir el rumbo económico del país en los próximos años.


© El Universal