Un país descuadernado
¡Qué horror! Nos hemos acostumbrado a hacer las cosas mal y esto lo vemos normal. Veamos un acto cruel que puede adormecer la conciencia, hasta el punto de llegar a aprobar las más nefastas aberraciones, lean esta píldora: los aztecas, por ejemplo, veían normal sacrificar seres humanos al dios Sol, extrayéndoles el corazón con el aplauso y el jolgorio de los asistentes.
Guardando las proporciones, a nosotros nos pasa algo igual. Nos hemos habituado tanto a la corrupción que ya nos parece normal: obras inconclusas, pésima atención en las oficinas del sector público y el privado, gastos suntuosos, abismal desproporción entre los gastos de funcionamiento e inversión —se dice que hoy se gasta del presupuesto nacional el 90 % en funcionamiento: contratos personales, burocracia desmedida respondiendo a intereses partidistas, derroche presupuestal—, y a la par, las vías, un desastre; los servicios hospitalarios, todo un calvario; la salud, con filas interminables; la reforma de la salud, que no fue aprobada por el Congreso, entonces va por vía de decreto.
Ya tenemos experiencia, el Estado ha sido pésimo administrador, los servicios estatales los devora la burocracia. La empresa privada, si está bien controlada por el Estado, ha dado resultados.
Aquí en este país vivimos en permanentes bloqueos en las vías y no pasa nada. Bajo la excusa del derecho a la protesta se bloquean las carreteras, pisoteando el derecho al trabajo de la gente que está generando productividad e impuestos. Alguna vez escribí en algún diario: yo también protesto. ¿Cómo es posible que unos pocos protesten generando caos y el que trabaja de sol a sol, parado, pagando nómina con lucro cesante y el Estado no lo protege? ¡Qué inequidad! ¡Cuántas pérdidas económicas generan esos bloqueos desenfrenados!
Hay quienes, siendo pillos, siguen sacando pecho en cargos públicos, afectando la calidad del servicio. ¿Cómo puede hablarse de paz con este desorden? Nuestro escudo nacional es muy sabio: LIBERTAD Y ORDEN. Los dos en línea, aplicados paralelamente, representan una verdadera democracia. Con políticas sucias, degradamos la institucionalidad del aparato estatal.
En las campañas electorales los discursos condenando la corrupción son abundantes, y en llegando al poder se opera una metamorfosis. La situación sigue siendo la misma y aún peor, parece que la demagogia ha dado buenos resultados. La cleptomanía hace metástasis por todas partes. ¿Dónde están los entes de control? Me pregunto: ¿el mal es tan poderoso que es imposible abordarlo, o es como un pulpo con muchos tentáculos que lo devora todo sin control?
Nos hemos acostumbrado a que nos atiendan mal, a que los funcionarios lleguen tarde y con displicencia atiendan a los usuarios, gracias a los cuales ganan su salario. ¡Ah! Como son de carrera administrativa, ¿quién los cambia? Nos acostumbramos a que nos envíen de Herodes a Pilatos y ninguno nos da solución.
En las campañas electorales los discursos condenando la corrupción son abundantes, y en llegando al poder se opera una metamorfosis. La situación sigue siendo la misma y aún peor
Nos acostumbramos a transitar las pésimas vías que parecen cráteres, a hacer grandes filas en la demanda de los servicios de salud, a “embetunarnos” con las heces de nuestros “adorados” canes y, ahora, estos tienen derechos. ¡Qué barbaridad! ¡Ah! No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, —¡qué consuelo!—.
Aquí existe una mentalidad anárquica, este es un pueblo indómito, cada uno hace lo que le viene en gana, ¿y el Código de Policía? Las normas son letra muerta, se infringen, se violan y todo sigue igual. ¡Qué autoridades tan permisivas y complacientes! Así que el vivo vive del bobo: la ley del salvaje Oeste.
¡Ah! Quéjese usted y verá que sale judicializado. Parecemos una manada de lobos hambrientos, cada uno luchando por su presa, ¡ah, claro! Mueren los más débiles. Esta es la ley de la selección natural, según Charles Darwin. Entonces, ¿qué vamos a hacer? Padecer la cultura de la tiranía del más fuerte.
FROILÁN CASAS
Obispo emérito de Neiva
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