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Impune, posible y ejemplar: la violencia machista como advertencia colectiva

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06.02.2026

@bea_merchan

@kaosmonomarental

En los últimos años, cada vez que leo una noticia sobre un feminicidio, una violación, una agresión sexual, el arrancamiento de una criatura y demás, algo se me revuelve en el cuerpo. No es solo rabia o tristeza, sino una reacción física inmediata. No lo vivo como algo que le ha ocurrido a otra mujer, sino como una agresión encarnada. Recuerdo, por ejemplo, la protesta de Femen en la que un hombre agarró el pecho de una activista ante las cámaras: mi reacción no fue solo de indignación política, sino de asco, un asco profundo, como si esa mano no estuviera sobre su cuerpo, sino sobre el mío.

Esta sensación no es solo mía. La reconozco en conversaciones con mujeres cercanas y en espacios de activismo feminista. Hay algo que ha cambiado en la forma en que nos atraviesa la violencia machista: ya no se observa a distancia, se vive como una ofensa directa, como algo que nos concierne en primera persona. No porque compartamos la misma experiencia, sino porque hemos dejado de leer estos hechos como excepciones. Entendemos —en el cuerpo antes que en la teoría— que no se trata de errores aislados, ni de excesos puntuales, ni de desviaciones individuales, sino de una lógica que nos incluye.

Desde ahí nace esta reflexión: desde la experiencia compartida de una violencia que no siempre se ejerce directamente sobre nosotras, pero que se instala como clima, como amenaza y como desgaste. La convicción de que no estamos ante una suma de casos, sino ante un sistema, obliga también a nombrar uno de sus pilares fundamentales: la impunidad.

Durante mucho tiempo, la violencia machista se explicó como una acumulación de historias individuales. Incluso cuando se reconocía su dimensión estructural, la narrativa pública seguía operando bajo una lógica de excepcionalidad: este caso es especialmente grave, aquí hubo un exceso. Ese marco ya no alcanza para explicar lo que ocurre hoy. No porque la violencia machista sea nueva —obviamente no lo es— sino porque estamos asistiendo a una transformación en la forma de comprenderla. Ya no como una sucesión de episodios, sino como un sistema que produce daño de forma continuada, incluso cuando no hay una agresión inmediata en curso.

La violencia machista no opera solo en el momento del golpe o de la violación. Opera en el clima que genera: en la vigilancia constante, en la anticipación del peligro y en la certeza, cada vez más extendida, de que el sistema rara........

© El Salto