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Luces en la noche del Valle del Jerte: cuando el miedo entra en el campo

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Opinión Luces en la noche del Valle del Jerte: cuando el miedo entra en el campo

Para coger cerezas es preciso

una luna de enero que injerte la esperanza,

los dedos de febrero que cierren las heridas

y el aliento de marzo que haga brotar la flor.

Una mujer, un hombre,

su herida, su esperanza, su determinación

(Irene Sánchez Carrón)

Estos días, al caer la noche en el Valle del Jerte (Cáceres), hay una imagen que llama poderosamente la atención. En las sierras, pequeñas luces se mueven entre los cerezos, como si la montaña respirara en silencio. No es una escena festiva ni costumbrista. Es una señal de alerta.

Son agricultores recogiendo cerezas de noche. Lo hacen para salvar lo poco que ha quedado de una campaña duramente golpeada por las lluvias de mayo de 2026. Para algunos, es una forma de no pasar calor, otros dicen que es para que la cereza se conserve mejor. Pero no solo por eso, lo hacen también por miedo.

El Jerte que resiste…

Las organizaciones agrarias estiman pérdidas de más de 30 millones de euros y los productores reclaman ayudas urgentes tras resultar afectados más de 15 millones de kilos de cerezas a consecuencia de las lluvias en el inicio de la campaña de 2026. Quien conoce esta tierra sabe que el Valle del Jerte no es solo un paisaje. Es un modelo de vida basado en pequeñas explotaciones familiares, en el trabajo compartido, en ese esfuerzo colectivo que durante generaciones ha levantado bancales imposibles y ha sacado adelante cosechas en condiciones difíciles. Aquí siempre se ha trabajado en familia. Padres, madres, abuelos y nietos... en el Jerte no se nace “con un pan debajo del brazo”, se nace “con una cesta al hombro” para coger cerezas. Este modelo no es casual. Ha sido construido con décadas de esfuerzo colectivo, como demuestra la historia de cooperativas como la de Navaconcejo (Cáceres), fundada en 1937, considerándose una de las cooperativas más antiguas de Extremadura. El modelo cooperativista está extendido y consolidado en el Jerte. Un ejemplo de cómo organizarse para sobrevivir en un terreno difícil, arrancando producción a la montaña, surco a surco, generación tras generación y comercializando el producto con los menos intermediarios posibles. Pero hoy algo ha cambiado.

El miedo como nueva realidad ha sembrado el silencio en el campo.

Estos días, en los pueblos de la comarca se respira un ambiente que no se recordaba. Un clima de inquietud, de tensión permanente. Agricultores que miran con recelo cualquier vehículo, cualquier presencia extraña en los caminos.

Las “inspecciones” del personal de la administración se han convertido en una presencia constante, implacable. Su objetivo es claro: detectar posibles situaciones irregulares en el trabajo agrario, en los tipos de contrataciones, si hay familiares colaborando de forma desinteresada en la recolección de la cosecha, otros dicen que es para vigilar a quien pueda estar cobrando el paro y trabajando... pero el efecto que están generando va mucho más allá del control.

Hoy, en muchas parcelas se trabaja con miedo a ser descubiertos. Miedo a que en cualquier momento aparezca una de esas inspecciones. Miedo a que, al volver del campo, un control aleatorio señale cualquier irregularidad. Miedo a sanciones que pueden........

© El Salto