Promesas en las piedras, advertencias en el agua
Promesas en las piedras, advertencias en el agua
Hace mil años acompañé a una amiga a ver a una suerte de sabio ermitaño que visitaba la ciudad y cuya carta de presentación era «poseer todas las respuesta» —¡cómo perderme conocer a alguien con semejante título!—. Pues bien, mi amiga, que andaba perdidamente enamorada de un neozelandés que había conocido de Erasmus en Londres, salió enseguida, llorando desconsoladamente. Mientras la abrazaba me contó que le había preguntado si era el hombre de su vida y el sabio respondió que no. Y yo, que sin tener más de media docena de respuestas por seguras, esta sí, le contesté que es que, en el fondo, uno solo pregunta sobre aquello de lo que alberga dudas. Nunca sobre si querré siempre a mis hijos, por ejemplo.
Rompieron no mucho tiempo después, quizá víctimas de la profecía autocumplida, mucho más probablemente de la enfermedad de la juventud, que sana con el tiempo.
¿Y al lector, qué tal fue su San Valentín? Aunque su única cita fuera con la borrasca Oriana no pudo correr peor suerte que el arco de ‘lu Pepe’ (el pimiento), mucho más conocido como Arco degli Innamorati (Arco de los Enamorados). Pieza central de los farallones de Melendugno —en pleno talón de la bota italiana—, donde la erosión del viento y del mar moldearon lo que acabaría convirtiéndose en el lugar más instagrameable de Salento. La tradición local decía que besarse bajo el arco aseguraba amor eterno, lo que alimentó su fama convirtiéndolo en un icónico escenario de propuestas de matrimonio.
Y antes de poner en duda el poder........
