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Volver a levantarse

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01.09.2026

Cuando el mundo tiembla

Hay momentos en que la realidad parece quebrarse. Un terremoto no solamente hace temblar la tierra: hace temblar también aquello que creíamos seguro, nuestra casa, nuestras calles, los lugares conocidos, la sensación de protección. En unos segundos, aquello que parecía firme puede convertirse en incertidumbre.

Después quedan el silencio, el polvo, las ruinas, la memoria de quienes ya no están y la necesidad de comenzar nuevamente. Pero también queda algo que ninguna catástrofe puede destruir fácilmente: la voluntad de vivir.

Es precisamente allí donde comienza este recorrido por la música. Porque la música ha acompañado al ser humano frente a la muerte desde siempre. Ha llorado a sus muertos, ha consolado a quienes permanecen, ha expresado el miedo y, muchas veces, ha encontrado una manera de transformar el dolor en esperanza.

Chopin: el dolor que camina

La Marcha fúnebre de la Sonata n.º 2 parece caminar lentamente entre las ruinas de la existencia. El piano no grita. No necesita hacerlo. Su dolor es íntimo, contenido, profundamente humano.

Cada paso parece una despedida y, sin embargo, la música continúa avanzando.

Chopin nos enseña que el duelo también es un camino. No podemos borrar la pérdida, pero podemos aprender a caminar con ella.

Y ese caminar nos conduce hacia una de las experiencias más estremecedoras de toda la música occidental: el encuentro con la muerte en el Réquiem de Mozart.

Mozart: el llanto ante la eternidad

Con Mozart, la muerte adquiere una dimensión diferente. Ya no estamos solamente ante el dolor de quien contempla una pérdida, sino ante el ser humano colocado frente al misterio de su propia existencia.

El Réquiem en re menor, K. 626 parece surgir desde un territorio situado entre la tierra y la eternidad. Hay en él oscuridad, temor, súplica, juicio y esperanza. Es una música que parece preguntarse qué sucede cuando la vida humana llega a su límite.

Y entonces aparece el Lacrimosa.

Pocas páginas de la historia de la música han expresado con tanta intensidad la fragilidad humana. El coro parece llorar no solamente por los muertos, sino por todos nosotros: por nuestra condición mortal, por aquello que amamos y podemos perder, por la incertidumbre que nos acompaña desde que nacemos.

El Lacrimosa no es simplemente una música triste. Es un llanto convertido en oración.

La melodía asciende y desciende como si el alma buscara una respuesta que todavía no puede encontrar.........

© El País