La soberanía en entredicho
La soberanía no se pierde de un día para otro. Se va erosionando cuando las instituciones dejan de cumplir su función y el poder se aparta de los mínimos éticos que lo legitiman. Entonces, aquello que debió resolverse dentro del país empieza a ser observado —y eventualmente juzgado— desde fuera.
De ahí surge una reflexión que he propuesto a la academia. El Geohumanismo busca entender que la legitimidad del poder rebasa la ley y descansa en la conducta de quienes lo ejercen. Cuando esa conducta falla, la política deja de ser un asunto interno.
Resulta una afrenta a la majestad de la República que la integridad del primer magistrado deba ser examinada en tribunales de Manhattan y no bajo el rigor de nuestras propias instituciones. No es un episodio menor. Es la señal de que nuestras instituciones no están respondiendo como deberían. Hechos ampliamente conocidos en Colombia no encontraron aquí una respuesta institucional eficaz. Cuando eso ocurre, otros terminan ocupando ese espacio.
Este escenario deja en evidencia un vacío estructural en el orden internacional. Existen instrumentos como la Carta Democrática Interamericana de la OEA y la Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción, pero carecen de eficacia real frente a mandatarios que traicionan su mandato. La pasividad ante hechos que vulneran la dignidad humana termina debilitando todo el sistema. En ausencia de instancias efectivas de sanción, la justicia se desplaza hacia escenarios externos y queda expuesta a las tensiones propias de las relaciones entre Estados.
En ese contexto reaparece la vieja lógica del "Gran Garrote" de Theodore Roosevelt. Ya no se presenta como una doctrina formal; aparece, simplemente, cuando el orden se debilita y nadie responde.
Si el Geohumanismo ha de tener algún sentido, debería traducirse en mecanismos eficaces como una Corte Internacional contra la Corrupción. Su función sería actuar cuando los Estados dejan de cumplir su deber constitucional y pierden legitimidad. Las consecuencias de ese vacío terminan comprometiendo la dignidad del país.
Esta orfandad de liderazgo es el corolario previsible de un proyecto movido por el resentimiento social, la peor afrenta a la civilización. Nada ha lacerado tanto a la especie humana como el encono sembrado entre semejantes.
La historia ofrece lecciones claras. Los modelos cerrados, incapaces de corregirse, terminan estancándose. La Unión Soviética actuó conforme a una convicción profunda en su modelo, pero la realidad terminó imponiéndose y, hace décadas, emprendió una rectificación necesaria. China, en cambio, tomó a tiempo una decisión de gran lucidez: abrirse, corregir el rumbo y priorizar el desarrollo. Es una determinación que merece reconocimiento y admiración.
Ignorar estas experiencias revela ceguera. Cabe preguntarse entonces: ¿hacia dónde nos pretende llevar este anacronismo ideológico? ¿A estatizar la economía y repetir el experimento fallido de Cuba? La única respuesta es el prevaleciente resentimiento social, animado por la envidia hacia quienes sí trabajan y logran superar sus necesidades sin recurrir al horripilante odio de clases.
El propio presidente anunció que su gobierno sería inolvidable. Acertó, aunque no en el sentido que quiso darle a esa afirmación. Cuando el poder pierde sustento moral, no se derrumba de inmediato; empieza a vaciarse desde dentro. Entonces llega el juicio que ya no puede evitar.
