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De la revolución a la reunificación

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17.02.2026

El desmoronamiento por inercia del régimen cubano era inevitable. Se ha ido cayendo a pedazos, de la misma forma lastimosa en que se desploman sus casas, su infraestructura y sus teatros -físicos e ideológicos-, hasta dejar de ser una especulación para convertirse en la certeza previsible que comparten hoy los analistas internacionales más autorizados. Se trata de una convicción que alcanza inclusive a la misma izquierda latinoamericana, la cual ha optado por callar ante la contundencia inapelable del fracaso de un experimento fallido desde el principio.

Lo que presenciamos es el colapso por agotamiento físico de un sistema incapaz de generar vida propia, condenado a depender del oxígeno ajeno. Tras el desvanecimiento de la Unión Soviética y el auxilio del Pacto de Varsovia, fue el subsidio del chavismo el que estiró una agonía que hoy termina. Bastó la captura de Nicolás Maduro, discípulo obsecuente impuesto por la dirigencia cubana, para que la isla quedara en una orfandad absoluta, revelando la triste realidad de la herencia castrista.

Resulta asombroso constatar que, tras recibir de la URSS durante más de cuarenta años un patrocinio económico sin parangón, los jerarcas de la isla no fueron capaces de cimentar una base productiva ni de mantener mínimamente lo recibido. La inoperancia ha sido de tal magnitud que lo único que han conservado en funcionamiento son los icónicos automóviles americanos de los años cincuenta; una ironía mecánica que hoy sirve de metáfora para un país que detuvo su reloj mientras el resto del mundo avanzaba.

Pero el reclamo del mundo no es solo por su posición ideológica, sino por un comportamiento represivo e indolente frente a su propio pueblo. Bajo el mando de Fidel Castro, movido por un resentimiento y una envidia enfermizos, Cuba se constituyó en el epicentro del terrorismo regional. Desde sus inicios el régimen se dedicó a incitar, adoctrinar y apoyar grupos guerrilleros, facilitando que estructuras armadas, especialmente las colombianas, mutaran hacia el narcoterrorismo. Es la prueba de que la justicia social nunca fue el objetivo, sino el poder por el poder; la satisfacción de un ego que buscó ser figura internacional vitalicia a costa del bienestar ciudadano.

Este escenario de quiebra se manifiesta hoy en la entrada errática de buques rusos y mexicanos con ayuda humanitaria, y en las reuniones discretas en México. Allí se adivina a una cúpula intentando negociar su supervivencia ante el fin de una narrativa amorfa, mientras el análisis político sitúa la reunificación nacional como la única tabla de salvación frente a un modelo inválido técnica y moralmente. Sin embargo, este proceso no está exento de dificultades. El exilio querrá levantar a los suyos de la miseria y enseñarles a trabajar bajo estándares modernos de libertad, pero esa diferencia de visión puede generar recelos.

Esta transición obliga a mirar hacia el espejo de Alemania, donde el proceso de integración todavía arroja lecciones. A pesar de figuras como Ángela Merkel, proveniente de la antigua RDA, en el país germano persisten diferencias que se resisten a desaparecer. El caso alemán confirma que el daño del experimento socialista trasciende lo económico; es una sumisión forzada que modifica la esencia del individuo, creando marcas sociales difíciles de revertir. Eso mismo ocurriría en una hipotética reunificación de las dos Coreas.

Sin embargo, la reunificación debe entenderse como la recuperación de una nacionalidad interrumpida. Se trata de devolverle al ciudadano el derecho inalienable de volver a su tierra y tradiciones, compartiendo traumas y esperanzas. Resulta legítimo pensar que el próximo presidente democrático de Cuba sea un antiguo exiliado que regrese para desinfectar la administración pública. Pero el reto no será solo político, el regreso provocará un choque entre la realidad de quien ha habitado una vivienda por décadas y el derecho de quien conserva el título original. La reconstrucción requiere expertos capaces de crear sistemas de compensación que eviten disputas irreconciliables. Este desafío aguarda también a Venezuela y Nicaragua.

Para Colombia, la imagen que describo es el reflejo fáctico de una advertencia sobre la fragilidad del porvenir de una nación cuando el control estatal absoluto detiene el progreso y altera la naturaleza de la convivencia. ¿Será que todavía no nos bastan las pruebas?


© El Nuevo Siglo Bogotá