La ignorancia es atrevida
En la república de Colombia gobierna un supuesto líder excepcional: no por sus desaciertos, que son indiscutibles, sino por su talento sobrenatural para no tener jamás la culpa de nada…
Los errores no nacen en palacio; migran. Vienen de afuera, llegan con acento ajeno y se instalan cómodamente en culpas heredadas, saboteos invisibles o conspiraciones tan sofisticadas que solo existen en discursos.
Desde la psicología, el fenómeno tiene nombre elegante: externalización de la responsabilidad. Es decir, si algo sale mal, fue otro y ese “otro” es una criatura tentacular: el gobierno anterior, la oposición, los medios, el sistema, el contexto internacional, el clima, los gringos.
El supuesto líder no se equivoca. Administra consecuencias imprevistas. No fracasa: es víctima de circunstancias históricas complejas que casualmente empezaron el mismo día que asumió, pero que, según él, vienen acumulándose desde la ancestralidad.
Y cuando todo falla, se activa el comodín supremo: “esto no depende de mi gobierno”, frase tan versátil que bien podría usarse también para explicar por qué no funciona el ascensor del palacio.
Los psicólogos hablarían aquí de mecanismos de defensa del yo: negación, racionalización, proyección. El líder los practica como un deporte olímpico. Reconocer un error sería, en su lógica, una peligrosa grieta en la armadura del poder. Y, en Colombia, los zurdos no se equivocan y el error no es humano: es traición.
Hay, además, un fenómeno curioso: los éxitos (sin acaso existieran) sí tienen autor. Cuando algo sale bien -si es que ocurre-, no hay estructura heredada, ni contexto favorable, ni coincidencia histórica. Hay liderazgo. Visión. Valentía. Genialidad. Socialismo y revolución. A veces todo al mismo tiempo. La lógica es simple: Lo bueno es mérito personal. Lo malo es complot universal. En psicología política esto se conoce como locus de control externo selectivo. La evasión de responsabilidad se vuelve política pública: se comunica, se repite y se normaliza.
El ignorante contradice a un oficial comandante de la Fuerza Aérea cuya vida jamás ha transcurrido por fuera del mundo aeronáutico. Sus matemáticas “jirafalescas”, tratan de justificar las decenas de militares muertos tal vez por negligencia o malos cálculos matemáticos del supuesto líder.
Ojalá cese la horrible noche muy rápido y Colombia entre en un “overhaul” de todas sus instituciones, que le devuelva la dignidad a la misma institución de la presidencia de la república ahora en el suelo, tal cual el Lockheed Hércules C-130, pues como dice el proverbio turco: cuando un payaso se muda a un palacio… y el cual se cumplió a cabalidad en el caso del actual, cómo llamarlo, bufón ocupante del palacio presidencial y que ya no da ni risa.
¿De qué le sirve a la familia de las decenas de miembros de la fuerza pública fallecidos en Puerto Leguízamo saber la edad del C-130? ¿Hubo luto nacional? ¿Mamándole gallo con sumas y divisiones mentales a todo un general tres soles dejándolo en ridículo? Solo defensa y echadera de culpas a otros… narcisismo puro y duro es el bufón.
Juanfelipereyes@hotmail.com
