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Atlántico de primero

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17.04.2026

En la arena ensangrentada de ese redondel vedado para oteadores se conoce a la soledad. De ahí el título del filme. Después de ver este, podría decirse que lo que ocurre en una plaza de toros tiene la traza de ser solo el cierre de un proceso de apreciación personal, quizás iniciado en el temor base; pero que, en términos más inmediatos, a lo mejor guarda relación con haber sabido prepararse para morir de una cornada o una embestida, en hermosa tarde soleada. Tal preparación suele hacerse en medio del estrépito de banderilleros, picadores y mozos de espada que, en el caso de Roca Rey, acaso por juventud o personalidad, dan ánimos al torero de manera ininterrumpida e inquebrantable; mientras él, siempre realista, se pregunta una y otra vez por qué ventura del Cielo aún sigue vivo.

En los momentos previos a una corrida, como lo muestra la cinta, el torero limeño se viste de luces con la ayuda de un subalterno, sin cuya intervención sería en verdad imposible entrar en aquella indumentaria ligeramente afeminada que, por otra parte, es por completo necesaria para evitar engancharse en la cornamenta del toro durante algún movimiento cercano. Hay que negar la concesión de ventajas a este animal de seiscientos kilogramos de potencia, la furia viva en estado natural, que con toda certeza pretende dar por terminada la fiesta burlona del momento cuanto antes, y dar a los asistentes motivos para un llanto culpable. Camino del coso, previo a guarecerse en su patio de cuadrillas para luego ir a matar, el diestro suramericano acostumbra comerse un caramelo.

Ya con Roca Rey en el ruedo, de pronto los del burladero se ven forzados a salir y revisarle el cuerpo adornado de arabescos, a ver si no está para el cirujano después de la violenta zarandeada que le acaba de dar su formidable enemigo, al que los peones tratan de distraer, que no apaciguar. Acto seguido, el toreador se limpia la sangre de la cara, sin saber muy bien si es suya o del toro, al tiempo que trata de recuperar la concentración. La gente, que gritaba herida desde el tendido, puede que un poco ebria, se extasía ahora que ha visto que el matador está de pie y con la voluntad de desatar lo anudado. Poco después, el de montera y coleta, diríase resignado, alista y medio oculta su espada prohibida, y logra lo impensable hace dos tercios: imponer quietud al bravo que lo mira fijamente, aunque cierre los ojos al embestir. Consigue también obligar al silencio a los que quisieran estar ahí abajo. Entonces, cuanto más penetra el estoque, más se disipan las dudas del torero sobre su suerte.


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